A un año de la muerte de Julio Scherer.

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Por Fernando de Ita

Luego de leer varios de los 22 libros que escribió don Julio Scherer a lo largo de su vida, tengo la impresión de que su obsesión como ser humano fue desentrañar la naturaleza del poder, encarnado para su generación en el Tlatoani, el Jefe Máximo, el Presidente de la República. Como la revista Proceso se fundó en 1976, don Julio vio desde su redacción el surgimiento de un poder alterno, cada lustro más extendido y salvaje: el poder del narcotráfico, así que primero se fue a entrevistar a la Reina del Sur y más tarde al Mayo Zambada. Como el instrumento para cumplir su obsesión fue el periodismo, don Julio se convirtió en el mejor periodista de su lugar y de su tiempo.

Entre las muchas cosas que hizo don Julio como director de Excélsior, una que me concierne fue la de impulsar la difusión de la cultura en el diario y sus suplementos. Gracias a esa virtud yo pude debutar como cronista en el Diorama de la Cultura en 1970, con un artículo sobre la batalla literaria que librábamos los estudiantes latinos en la ciudad de Nueva York para determinar quiénes eran los mejores escritores de habla española. El diarismo cultural se inició en 1977 con la aparición del unomásuno, pero el antecedente está en el Excélsior dirigido por Scherer, que no tenía un espacio fijo de cultura pero publicaba grandes entrevistas y esplendidos reportajes en la primera sección, y diversas noticias y artículos de opinión en la famosa sección de sociales dirigida por Bambi. Fue Scherer quien sedujo a Octavio Paz para imprimir la revista Plural en las rotativas del periódico, y fue Scherer quien les dio a Vicente Leñero y Armando Ponce carta blanca para hacer en Proceso las mejores páginas culturales de la semana, que tenían como plus el Inventario de José Emilio Pacheco, en el que tantos jóvenes sesenteros aprendimos a leer y escribir de otra manera.

Como muchos lectores, había resentido como propio el ultraje que maquinó Luis Echeverría para sacar a Scherer de la dirección de Excélsior, porque leyendo a sus brillantes columnistas, que iban del sabio Daniel Cosío Villegas al iconoclasta humorista Jorge Ibargüengoitia, habíamos descubierto la realidad del país, velada por el resto de los medios impresos y electrónicos. Como incipiente reportero del diario unomásuno, escuché todo tipo de historias sobre don Julio Scherer. Vale recordar que tanto Proceso como el diario mencionado tuvieron como pie de cría, por así decirlo, a los reporteros, redactores y colaboradores que se fueron a la calle con don Julio. Por ejemplo, el primer jefe de la sección cultural del unomásuno fue Rodolfo Rojas Zea, el reportero estrella de tal materia en el Excélsior dirigido por Scherer. Ellos eran los divinos, los bien trajeados, los reporteros con mundo y buenas relaciones, aunque fuimos los pinches chavos sin pasado ni credenciales periodísticas quienes nos revelamos en contra de la pirámide invertida y, sin saberlo, iniciamos el nuevo periodismo cultural en México.

En los años 80 la verdadera mesa de redacción de los medios impresos estaba en las cantinas, y en tal confesionario supe del vigor físico e intelectual de don Julio, de su bonhomía, de su terquedad reporteril, de su visión periodística, de su pasión por el oficio y de su habilidad para relacionarse con el poder sin darle las nalgas, con perdón de la expresión tabernaria. Los expulsados de Excélsior reconocían sin cortapisas la renovación periodística que vivió el periódico con Scherer García, alababan sin peros la postura crítica de su dirigencia, más a la cuarta cuba comenzaban a lamentar la imprudencia de su director por rodearse de intelectuales ajenos a la realidad del oficio, y al final de la copa decían que fue un error salirse del periódico que les daba fama y fortuna, tan precipitadamente.

Para los lectores de Excélsior metidos a periodistas por diversos azares del destino, don Julio era el Rey Arturo de nuestra mesa redonda, el paladín de la libertad de expresión, el paradigma del oficio y la cara luminosa y afable del campeón de la prensa escrita, mientras nosotros teníamos como líder al lado oscuro del cuarto poder; al Darth Vader del periodismo, al temido y fascinante Manuel Becerra Acosta, otro periodista de excepción, así fuera por los motivos contrarios a la excepcionalidad de Julio Scherer. Por cierto, estos dos periodistas de lujo eran diferentes en todo pero compartían una ambición: la literatura.

Sólo tuve una conversación con don Julio con motivo del Primer Encuentro de Periodismo Cultural de Iberoamérica que organicé en los años 90 en el puerto de Veracruz. Naturalmente había invitado a Proceso como la única revista cultural del encuentro porque para mí resultaba imprescindible. Pero uno de los platos fuertes de la reunión era la exposición de los suplementos culturales de los 22 diarios de los 22 países de habla española que conforman Iberoamérica, así que el diario Excélsior contaba con dos acreditaciones, una de la sección cultural y otra del suplemento. A pesar de los años trascurridos, la herida de 1976 seguía abierta y don Julio atendió mi llamada al saber que Proceso no acudiría al encuentro precisamente por ese detalle; le parecía, me dijo por el auricular, que de tal modo la invitación no era equitativa.

No había sido nada sencillo convencer a los directivos de los diarios más representativos de España y Latinoamérica para que acudieran a la reunión, porque en el ejercicio de la interrogación, la sospecha y la duda son parte del mismo condimento. Pero lo había logrado parlando cara a cara con el ahora inalcanzable Juan Luis Cebrián, primer director del diario El País, de España, o con el director de la Folha De S. Paulo que tiraba en ese tiempo un millón de ejemplares. Pero al escuchar a don Julio me quedé atónito, sin capacidad de respuesta, como si estuviera escuchando la voz del Santo Padre del periodismo mexicano, sobre todo porque después de la negativa tuvo palabras amables para mi trabajo como periodista y crítico de teatro. Mencionó a Vicente Leñero y me deseó éxito en mi empresa.

En el momento de su muerte, su voz resuena en mi oído como un canto gregoriano, como la voz que convenció a tantos poderosos y tantos hijos de la chingada para dejarse entrevistar, para contar su historia. Para un hijo de la segunda mitad del siglo XX mexicano, para un periodista de la última dinastía de la letra impresa, para un lector que se formó como reportero (sin sospecharlo), en el “Excélsior de Scherer”, para un admirador de las páginas culturales de Proceso, la muerte de don Julio es una perdida personal, un fin de siglo, la señal de que algo estará más podrido en Dinamarca, ya sin la espada de fuego contra el poder del mejor periodista mexicano de la era moderna.

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