¿Por qué nos gusta perder?

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Por Claudia Gocc
Como diría el legendario comentarista deportivo irapuatense Víctor Manuel García “El Rifeño”: El trabajo, aleja el vicio, el fastidio y la miseria. Pero a esta frase yo añadiría, no sólo el trabajo, también el deporte.

Con apenas siete años de edad, sufrí mi primera decepción deportiva, pues la Selección mexicana no fue al Mundial de Italia 90. Mi mamá con mucha paciencia intentó explicarme la situación, la cual nunca entendí en su momento. ¿Cómo carajos una niña iba a entender el término cachirul? En fin…

Al tratar de buscar una explicación para tal evento deportivo, se me ocurrió una brillante idea, ¿Por qué no mandamos a las Águilas del América al Mundial? Mi mamá entre risas me dijo que el América no era un país, por eso no podía jugar el Mundial, pero yo sin creer lo que me decían contesté, “Pero mamá, América no es un país, son muchos”. Fue así, entre un agridulce-inocente sabor de boca, como comencé mi relación con el deporte.

Posteriormente, llegó Estados Unidos 94 donde los papeles se invirtieron, ahora me tocaba consolar a mi hermano de seis años debido a la derrota de México contra Bulgaria en penales, ¡qué tragedia! para consolarlo le dije que íbamos a ganar un coche gracias al concurso de la tele, ese que se llamaba “Un golpe de suerte” donde tenías que adivinar en un cuadro, qué jugador de la Selección aparecía en pantalla, otra vez, ¡qué ingenua!

En la primera fase de ese Mundial, recuerdo llevar -de contrabando- a la primaria, para el partido contra Irlanda, un walkman que me había regalado mi papá y así no me perdiera el partido. Era un verdadero martirio para los niños de primaria, ¿Será que los profesores piensan que los niños no entendemos o peor, no nos importa el Mundial?

Mi padre, nos obligaba a mi hermano y a mí, a participar en toda actividad deportiva que se atravesara por el camino. Creía firmemente que cualquier deporte era bueno, siempre y cuando se realizara con disciplina y compromiso, no sé si pensaba que podíamos ser los próximos Maradona o Nadia Comaneci.

Como buen papá nos llevaba concienzudamente cada quince días al mundialista Sergio León Chávez, casa de la poderosa Trinca Fresera del Irapuato. Ese estadio es inigualable, además de ser testigo de México 86, creo que es el único en el mundo que vende fresas con crema, el único donde bajo las gradas encuentras, igual una taquería, una tienda de flores, un bar o una tienda de refacciones de vochos. Nunca me hubiese imaginado que ahí, viviría tantos sentimientos con mi amada Trinca, corear cada una de las porras de Los Hijos de la Mermelada “La Merme” en una final de Ascenso contra León, el amargo rival.

Cuando el resto del ambiente deportivo nacional se encontraba en desarrollo y mi Trinca en la Liga de Ascenso. En ese entorno, donde apenas había una o dos figuras de talla internacional, mi atención se tornó en aquella legendaria figura que cambiaría la vida de muchos: Michael Jordan. Me siento orgullosa de decir que me tocó ver a MJ en las finales contra los Super Sonics y el Jazz, es más, recuerdo perfectamente a Pippen, Rodman, Longley y Phil Jackson. De aquél equipo de ensueño que, simplemente tiene cuatro jugadores en el “Basketball Hall of Fame” mismos que conformarían aquél afamado “Dream Team” de los Juegos Olímpicos de Barcelona 92.

También en aquellos Juegos, conocí a una de las máximas figuras de los clavados, al estadounidense Greg Louganis, inspiración para esa fabulosa era dorada de clavadistas mexicanos, ahh y también para mi mamá.

Ya a los trece, en Atlanta 96, me enamoré intensamente como toda adolescente, pero no necesariamente de una persona, sino de una disciplina, una forma de ver el mundo: la gimnasia. A esa edad tan “grande”, ingresé a las filas del Gimnasio AGODI en Irapuato, y como dijeron mis padres, “Un capricho post Olímpicos”. Pero, mi gusto por la gimnasia fue mayor, al punto que logré a los dieciocho años ser Seleccionada Nacional en Gimnasia General para competir en el Mundial de Lisboa 2001.

Todo parecía un sueño, por fin saborearía la gloria que todo deportista anhela durante toda su carrera, todas esas tardes, sacrificios de adolescente y golpes bajos en la viga de equilibrio, por fin tendrían sentido, representaría a México en una contienda internacional y quizás, un profundo quizás… escucharía el Himno Nacional.

Pero justo es aquí donde cuento uno de los capítulos más tristes de mi vida… Una tarde, ensayando un salto a caballo que tenía relativamente dominado, caí mal, muy mal, en el momento que toqué el suelo, lo supe, aquí se acababa todo. Por una lamentable lesión de ligamentos, mis aspiraciones mundialistas se venían abajo, así como mi carrera de gimnasta. Recuerdo muy bien las palabras del médico; “Estás más cerca de las lesiones que de las medallas”.

A pesar de ese triste suceso, la gimnasia me dejó algo invaluable, modeló mi carácter para siempre, me enseñó a perder, a que siempre se puede volver a estar de pie, porque perder no es malo, en la pérdida siempre hay enseñanzas.

Hoy, los deportes podrían ser un espectáculo más que entretienen a masas y eso estaría bien en un principio, pero no sólo es así. Sé que en algún rincón de este planeta, hay alguien que tiene una historia para contar, alguien que transformó su vida gracias al deporte, así como sucedió conmigo.

Tal vez allá afuera, está caminando entre nosotros el siguiente Bolt…

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