Robert Johnson: 104 años de blues, carreteras, electricidad y demonio

Andrés Gómez Morales
@dresnapolux

Cuando llamaste a mi puerta temprano en la mañana, dije: Hola Satanás, creo que es hora de irme. El Diablo y yo caminamos a la par / Voy a tirarme a mi mujer / hasta quedar satisfecho. Ella dice que no me doy cuenta que el diablo me está merodeando. (Ahora sabes que no estás haciéndolo bien ¿No?) / Mi espíritu es viejo y malvado / y viene desde muy profundo bajo la tierra / Puedes enterrar mi cuerpo a la orilla de la autopista. (Tesoro: No importa donde quemes mi cuerpo cuando ya me haya ido) / Puedes enterrar mi cuerpo, abajo al lado de la autopista/ Entonces mi viejo espíritu malvado / podrá tomar un bus Greyhound y viajar.

Robert Johnson, el blues del diablo y yo

robert-johnson

Años atrás en el profundo Delta del Misisipi, una región acuática de pantanos, riachuelos, diques y canales que impiden a ese rio que parece una serpiente, inundar una de las mejores tierras del mundo para el cultivo de algodón; nació Robert Johnson. Un mito del blues. Por aquel tiempo, El delta era también un sistema feudal de ambiente opresivo donde surgió, entre los jornaleros de las plantaciones, aquella música de carácter melancólico y alegre que significó, a la vez, alivió y resistencia a las penas del diario vivir. Robert Johnson, hijo ilegítimo de un viajero itinerante y de una descendiente de esclavos que trabajaba en las algodoneras, empezó a aprender desde muy temprano los temas del blues que oía en su aldea Robinsonville, a pesar de que no estuviera bien visto dentro de la cultura del Delta, dedicarse a tocar la música de guitarra que se hacía fuera de la casa del señor. En principio el blues contrapuesto al Gospel era considerado profano. Luego de abandonar la escuela, Johnson seguiría las andanzas de Son House y Billy Brown, claros exponentes del blues profundo y auténtico del Delta del Misisipi, y aprendería de ellos el manejo de acordes y la técnica de digitación de la guitarra. Desde ese momento, dentro de la inquietud que le causaban los acordes de las cuerdas sobre las melodías vocales, se incubó en Johnson una desviación de la armonía que determinaría el rumbo de la música popular en los años sesenta en el mundo.

En principio, cuando Johnson empezó a tocar no pasó nada extraordinario. Al contrario. Peter Meyer, en el documental de 1997 The Life & Music of Robert Johnson: Can’t You Hear the Wind Howl?, registra al propio Son House contando que la guitarra de Johnson sonaba demasiado sucia y ruidosa para su tiempo y hacia que las audiencias se espantaran ante su estruendo. Seguramente, por la ausencia del feed back necesario para completar sus canciones (en ese entonces el blues era puramente rural y parecía ajeno a la electricidad), Johnson decidió perderse, entregarse a la música y la carretera para recorrer lugares donde pudiera encontrar el elemento que le faltaba para completarse…

Los lugares que recorrió pueden imaginarse como puntos hipotéticos en la Highway 7. Nadie sabe con seguridad a donde fue. Se especula que vagabundeó por el sur profundo o por Texas o por Chicago o Nueva York e incuso por Canadá, captando sonidos que correspondieran a la música que se gestaba en su interior. Se sabe muy poco de lo que pasó en aquellas correrías de Johnson con su guitarra, pero dice la leyenda popular que en la encrucijada donde se cruzan La autopista 61 con la 49 en Clarcksdale, le vende el alma al diablo a cambio de un incomparable talento para tocar el blues. Talento que como todo aquello otorgado por el maligno, viene acompañada con un látigo para auto flagelarse. Cuando regresó con los suyos había perfeccionado su técnica guitarrística al punto que le era posible transmitir una emoción inusitada en sus interpretaciones, pero su carácter se tornaba más sombrío y su destino cada vez más trágico.

No deja de ser un divertimiento bizantino escuchar las discusiones en torno a la veracidad del encuentro arquetípico entre Johnson y El diablo. De cualquier manera, no es extraño que en su supersticiosa comunidad empezaran a correr el rumor de que Robert Johnson “vendió su alma al diablo para aprender a tocar así”. Lo cierto, sobre todo para Son House, era que Johnson ya no necesitaba más lecciones de guitarra. Había encontrado lo necesario para que su música tuviera un sello. Desde aquel encuentro mítico, a su guitarra le salieron notas que llenaron el aíre de la calles (los bares, los juke joints y los burdeles) de una emoción renovadora.

En noviembre de 1936 y junio de 1937 Johnson grabó para Don Law de Vocation Records, en un la habitación 414 del hotel Gunter de San Antonio, los 29 temas que constituyen toda su discografía, que hoy constituye un canon del blues y del rock como el que surgió de la revisión del blues en los años sesenta en Gran Bretaña. Cómo bien lo menciona Harry Shapiro en su libro sobre Eric Clapton, puede considerarse que el sonido fuerte y compacto de Johnson creó una nueva forma de tocar el blues. Se ve reflejado en el estilo de Chicago del que Elmore James y Muddy Waters son grandes exponentes. Pero sobre todo, al introducir los ritmos entrecruzados de bajo y compases sólidos y metálicos, a los que añadía letras descaradamente sexuales, Johnson produjo el prototipo del rock’n roll. Las armonías que construía con su voz y su guitarra en los registros más altos pueden rastrearse en las canciones de Jimmi Hendrix y en los riffs de Keith Richards: “Bach al fondo y Mozart a lo alto”. Además las letras de sus canciones han sido una fuente que puebla constantemente la imaginería del rock. Esto llevaría a afirmar a Allen Ginsberg que el mayor cuerpo de la poesía lirica del siglo XX, proviene del blues del Mississippi. Infortunadamente Johnson no pudo ver su legado. Murió en Greenwood a los 27 años, envenenado por un marido celoso.

A John Hammond se le debe la edición de las grabaciones de Robert Johnson en un LP de 1961 llamado King of The delta blues singles. Eric Clapton se identificó plenamente con el contenido autobiográfico de ese disco, con el apasionamiento personal y el caos y la soledad que transmitían sus interpretaciones. A principios del nuevo milenio Clapton dedicó dos discos a su antecesor espiritual, Me and Mr Johnson y Session for Robert J. Por su parte los Rolling Stones grabarían en los setenta dos célebres versiones: Love in vain, una de las letras más perfectas de la historia del blues según los expertos y Stop breaking down. Bob Dylan versiono 32-20 blues, Led Zeppelin hizo Traveling Riverside blues. La lista de covers por parte de músicos contemporáneos es interminable. Sea está una invitación para revisitar a Robert Johnson y escuchar el viento aullar en sus canciones

 

Anuncios