La pálida ilusión del rock en México

Por Andrés Vargas.

 

La idea era acudir a la presentación del grupo de rock de nuestro amigo Hans en el Hard Rock Live de la Ciudad de México, hace algunos lustros. Se trataba de un concierto de bandas universitarias en busca de un contrato productivo o de gran audiencia, o sólo de la experiencia de dominar ese escenario antes controlado por bandas internacionales como Misfits.

Así es que mi hermana y yo, aprovechando mi estatus de voz autorizada en el análisis de rock en la revista Rock Stage, ingresamos violando el cover y nos colocamos en una zona VIP desde donde el concierto se apreciaba en HD sin la necesidad de pantallas futuristas. Cabe señalar que el hoy extinto HRL siempre tuvo mejor sonido que, inclusive, el mismo Auditorio Nacional.

No recuerdo bien el orden de las bandas, pero antes o después del grupo de Hans descubrimos a un trío punk llamado Rejilla, cuyo vocalista y guitarrista era un chiquillo obeso, pecoso y rubio, típica carne de cañón para el bullying en cualquier instituto, que parecía detestar a su guitarra porque era capaz de hacerla confesar, con mucha elegancia punk, del tipo de The Descendents o Dinosaur Jr., cualquier crimen que no hubiese cometido, y cuya voz tenía la tesitura de una adorable sierra de cadena del mismo modelo que usa el cándido Leatherface de La Masacre en Texas.

Uno de los principales problemas que siempre he advertido dentro de la escena musical en México es la intrascendencia y la poca apreciación de la música de calidad. Me resulta sorprendente, por ejemplo, que se aplauda a un tal Enrique Bunbury que no ha conseguido en tantos años lo que San Pascualito Rey logró en un disco, o que Zoé se haya convertido en una banda de culto gracias a sus peores discos, y que al mismo tiempo Moenia no haya sido considerado para, digamos, un Vive Latino. Alguna vez, platicando con los Moenia, les preguntaba precisamente por su ausencia de los grandes festivales de rock y ellos, como yo, no entendían razones. La plática transcurrió por las vertientes de sus influencias y, lejos de sorprenderme, entendí que Moenia era víctima de la ignorancia de críticos y programadores de conciertos que los empataban con HaAsh u OV7 y no con bandas de antecedentes importantes como, digamos, Caifanes o Fobia. Platiqué con los integrantes de la banda sobre grupos que olisqueaban por las fronteras de New Order, S.P.O.C.K., Sesto Sento, Cause and Effect, Depeche Mode, Opus III y Calva y Nada, y estaban enterados de proyectos nacionales como Hocico, Portent (con quienes colaboré un tiempo), Óxido Concreto, Ogo, etcétera. Es decir que no sólo las influencias tenían calidad sino el producto de Moenia, si se atiende con imparcialidad, cuenta con la elegancia de la que otros proyectos mexicanos adolecen. Durante mi etapa de antropólogo musical me topé con un disco independiente llamado UGABUGA (Unión de Grupos Alternativos en Busca de Gran Audiencia, 1992), en donde Moenia compartía placa con bandas como La Gusana Ciega, Insignia, Yerberos, Rastrillos y los grandiosos La Concepción de la Luna, Souset y Deus Ex Machina.

Después de su participación y tras dejarme con las quijadas a las rodillas, Rejilla acudió a la zona VIP y se enteraron, por oídas, que El Bicho de Rock Stage andaba por ahí. Yo que quería hablar con ellos y… dejad que los grandiosos vengan a mí. Hablamos sobre punk, sobre la escena nacional, sobre inquietudes musicales y no volví a saber de ellos. Rejilla se difuminó en las marismas de una escena nacional poco inteligente, desde sus críticos hasta su audiencia

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