El café y la literatura

Maira Solís

Todos los días tenía preparado algo diferente para ella; los lunes, le acariciaba el rostro, con suavidad semejante a la del roce de una sábana blanca tendiéndose sobre su cara; los martes, le calentaba el alma por las mañanas; los miércoles, le recorría el cuerpo causándole insomnio en sus largas jornadas de trabajo; los jueves, le perfumaba las tardes de un aroma único para que pudiera seguir y llegar al viernes; los viernes, le sacudía la cabeza con delicadeza, de una forma casi imperceptible; los sábados, la dejaba tomarlo como ella quisiera, incluso frío y los domingos, la relajaba de múltiples formas, con su aroma, su calor, su humeante presencia: el café, eterno amante.

El deseo, el placer, la locura, el insomnio, la excitación, el alivio, un amplio repertorio de estímulos que navegan contenidos en una taza de café, sus propiedades dejan de ser ajenas al momento de beber su contenido, para algunos simple costumbre; para otros, un pretexto de reencuentro y para los verdaderos amantes del café; un ritual de vida.

Escritores que declararon su adicción hacia esta bebida, también inmortalizaron, con la magia de sus palabras, los grandes beneficios que el café traía a sus vidas y por ende a sus obras literarias.

La estrecha relación entre el café y la literatura no es nada nuevo, el mundo literario se encuentra sumergido en alusiones al café, desde las tertulias en las que se reunían los literatos para compartir y discutir sus obras mientras degustaban del caliente y aromático líquido, hasta las tazas del mismo consumidas de mañana, tarde y noche por los escritores, como una fuente de vida para la creación de sus novelas, cuentos y ensayos.

El tema de este artículo será abordado desde dos diferentes disciplinas; la literatura, por hacer referencia a producciones literarias de autores como Honoré de Balzac, testimonios de vida de escritores como Truman Capote, frases célebres de dramaturgos como Valle-Inclán, y la neurociencia, por hacer referencia a estudios de la bioquímica y farmacología del sistema nervioso, tales como el titulado Cafeína: un nutriente, un fármaco o una droga de abuso, de los autores y médicos especialistas Ricardo Pardo Lozano, Yolanda Álvarez García, Diego Barral Tafalla y Magí Farré Albaladejo. También de estudios realizados en la Universidad de Sydney, en Australia, la Universidad de Tel Aviv, en Israel y la Universidad de Tufts, en Estados Unidos.

Para responder a la pregunta de si existe alguna relación relevante entre el amor hacia el café por parte de algunos escritores (Balzac, Darío, Capote, etc.) y el trabajo literario de éstos, el artículo se dividirá en dos subtemas, el primero relacionado con la cultura del café y la literatura: Cafetera de letras. Y el segundo relacionado con las propiedades del café y sus efectos en el sistema nervioso: Magia líquida.

Cafetera de letras

Un continente de esclavos, un montón de cabras locas y cerezas de llamativos y apetecibles colores dan inicio a la aún no finalizada historia del café. La fundación mítica del café se sitúa en Etiopía cuando un joven pastor árabe llamado Kaldí se encontraba preocupado porque sus cabras no habían regresado de pastar, el joven fue en su búsqueda y al encontrarlas, quedó sorprendido al verlas saltar y golpearse entre ellas. Confundido quiso investigar qué es lo que había puesto a sus cabras en ese estado, pronto se percató de la presencia de unas cerezas de colores verde, amarillo y rojo, comió de ellas y el fruto le pareció delicioso, sin embargo, el grano era sumamente amargo. Llevó algunos de estos frutos con los monjes, quienes se deleitaron con la suculenta pulpa de la cereza, pero al igual que el joven terminaron por desechar los granos amargos, esta vez aventándolos al fuego, donde sufrieron cambios, tanto físicos como químicos. El maravilloso aroma de los granos llamo la atención de los monjes, quienes finalmente, decidieron preparar una bebida y asombrados por el efecto estimulante del líquido lo utilizaron en sus largas noches de oración.

La Organización Internacional del Café sugiere que más cierto es que los esclavos llevados de Sudán a Yemén y Arabia a través del puerto de aquel entonces, Moca, comían la suculenta parte carnosa de la cereza y en algún momento los restos, es decir, los granos, pudieron ser descubiertos.

Un recorrido de años transformo a la cereza secreta de los árabes en la bebida universal que todos conocemos, gracias a la propagación de ésta al mundo europeo, por parte de los comerciantes venecianos y la introducción a las colonias americanas por parte de los conquistadores.

Beber café mientras se lee o se escribe suele ser una imagen común e incluso podría volverse caricaturesca si se le agrega una tarde lluviosa y nuestra música favorita de fondo. Sin duda una imagen demasiado repetida con fuertes tendencias al cliché, sin embargo, nos guste o no, el café sí juega un importante papel en los procesos de lectura y escritura, desde las tertulias en las que “la literatura se servía tan caliente como el café” como dice Manuel de la Fuente, periodista de ABC en la sección de cultura, en el artículo titulado Tertulias y café, el viejo y mejor aroma de la literatura.

El dramaturgo Valle- Inclán tuvo una importante tertulia en uno de los cafés más reconocidos de la época, el café Nuevo de Levante, con la asistencia de José Augusto Martínez “Azorín”, Santiago Rusiñol Prats, Julio Romero de Torres, Pío y Ricardo Baroja Nessi, José Gutiérrez Solana y el joven Rafael de Penagos Zalabardo. Entre aquellos años, 1908-1914, Valle- Inclán declaró: “El café de Levante ha ejercido más influencia en la literatura y en el arte contemporáneo que dos o tres universidades y que muchas consagradas academias.” Ricardo Baroja, pintor, grabador, escritor y hermano del novelista Pío Baroja, adicionó: “Los académicos, los consagrados, los profesores de centros de enseñanza oficial del arte, nos temían como a la peste.”

En una entrevista al novelista y periodista Truman Capote, publicada en Escritura Viva, 2001, surge la siguiente interrogante a la que Capote responde con la metafórica y simpática actitud típica de los escritores:
-¿Podría usted mencionar algunos de sus hábitos de trabajo? ¿Usa usted un escritorio? ¿Escribe a máquina?
-Soy un autor completamente horizontal. No puedo pensar a menos que esté acostado, ya sea en la cama o en un diván y con un cigarrillo y café a la mano. Tengo que estar chupando y sorbiendo. A medida que avanza la tarde, cambio de café a té de menta y de jerez a martinis. No, no uso máquina de escribir. No al comienzo. Escribo mi primera versión a mano (con lápiz).

La respuesta de Capote es clara, él no se limitaba a tomar café, sin embargo, éste siempre fue el punto de partida.
Honoré de Balzac, novelista francés y representante de la novela realista del siglo XIX, manifestó en un ensayo llamado Tratado de los excitantes modernos, escrito en 1839, su inclinación y gusto por beber café. El tratado hablaba de cinco sustancias diferentes; el café, el alcohol, el té, el azúcar y el tabaco. En el apartado correspondiente al café, Balzac describe con una bonita metáfora la importancia de esta sustancia en su impulso creativo al momento de escribir:

El café acaricia la boca y la garganta y pone todas las fuerzas en movimiento: las ideas se precipitan como batallones en un gran ejército de batalla, el combate empieza, los recuerdos se despliegan como un estandarte. La caballería ligera se lanza a una soberbia galopada, la artillería de la lógica avanza con sus razonamientos y sus encadenamientos impecables. Las frases ingeniosas parten como balas certeras. Los personajes toman forma y se destacan. La pluma se desliza por el papel, el combate, la lucha, llega a una violencia extrema y luego muere bajo un mar de tinta negro como un auténtico campo de batalla que se oscurece en una nube de pólvora.
Los biógrafos de este autor han llegado a decir que su adicción lo hacía tomar hasta cincuenta tazas de café al día y cuando no había forma de preparar el exquisito líquido, él masticaba los granos de café.
El poeta nicaragüense Rubén Darío, llamado también príncipe de las letras castellanas, expuso con la magia de sus palabras, la importante relación del café y la creación de su poesía en una frase metafórica y hermosa: “Una buena taza de su negro licor, bien preparado, contiene tantos problemas y tantos poemas como una botella de tinta.“ (Darío, 1916).

Otros autores como T.S. Eliot y José Martí, hablan del café como una sustancia que les provee de vida y les acompaña en ésta. El poeta, dramaturgo y crítico literario anglo- estadounidense S. Eliot expresaba que había medido su vida en cucharaditas de café, mientras Martí el político, pensador, periodista y filósofo cubano hablaba sobre la gran excitación que la bebida le provocaba, acelerando toda la ágil sangre de sus venas.
Y es así como el mundo de la literatura y el café se fusiona formando una atmósfera humeante y aromática de ideas, pensamientos y sensaciones plasmadas con tinta sobre miles de hojas de papel.
Magia líquida

Alterando las recetas del sueño, llevando la fiesta de la cabeza a los pies, creando viajes nocturnos a lugares inéditos sin cerrar los ojos, causando verdaderas y grandes descargas de energía que desbordan al cuerpo, excitándolo, corrompiéndolo, pero también ayudándolo y combatiendo al mundo: éstas, son sólo algunas de las propiedades del café.

La cafeína es una sustancia que podemos encontrar en alimentos como el té, el cacao y bebidas de cola, pero principalmente en el café, como lo muestra la siguiente tabla:

tabla

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