Cars hiss by my window

 Valeria Castel

 piernas-de-mujer

Dos cuarenta y cinco de la tarde, y las largas colas de láminas motorizadas comenzaban a entretenerme mientras contaba los sujetos desesperados desde mi asiento. El calor comenzaba a evaporar mis memorias, mientras el rugir del motor cedía a mis deseos con el sacudir de mi pie sobre el acelerador…

La cadenciosa melodía se hizo presente entonces. Mi sinuoso camino trazado entre las vallas de la ciudad de la angustia terminaría entre tus sábanas. Tú lo sabes.

Vibraba el deseo entre mis pestañas, mientras sacaba un pitillo de la cajetilla para encenderlo y aspirar bocanadas impregnadas de una mezcla de ociosidad y morbo citadino. This is hardcore… you make me hard. You name the drama and I’ll play the part… retumbaban mis oídos con las notas de las salaces frases, y mi memoria comenzó a hacer el trabajo. Me situé entonces en el apartamento, limpio hasta el último rincón. Te imaginé en ese preciso momento: sentado en el sofá, leyendo no sé qué cosa, cabeceando por momentos presa del sopor insoportable del verano. Pensabas en mi próximo arribo. Te levantabas, caminabas hacia el refrigerador, decidías darte una ducha. Las gotas describían obscenas rutas por tu espalda, evaporándose casi al instante, cediendo a la voracidad de mi pensamiento. Fue entonces que mi mano derecha, dotada de vida propia, viajó bajo mi falda cual si fuera tuya. Mis rodillas temblorosas parecían ser recorridas por tu lengua, mordiscos en el interior de mis muslos, y un alma ardiente tras el volante pedía que llegases al fin entre mis piernas… en un delicioso intento, tu voluntad parecía guiarme, apartando las prendas íntimas para juguetear con mi humedad. Los vecinos conductores maldecían mirando el parabrisas, mientras yo me entregaba por entero al viaje subrepticio de mis dedos, dentro y fuera de mí, ganando ímpetu a cada momento. Mi mente, revoluz de imágenes, te situaba sobre mí, entre mis piernas, haciéndome presa de la tentadora tortura de no tenerte en ese instante… mi cabeza hacia atrás, el espíritu vibrante y tú, del otro lado de esta obscena imaginería. Fue entonces que el último compás de la radio me vio nacer a un vesánico éxtasis tras el volante, repitiendo tu nombre con el último aliento de las tres en punto.

Era momento de acelerar, un impertinente claxon pretendía irritarme. Era momento de llegar al apartamento… y compartir mi delicioso y furtivo momento con el motivo de mi clímax entre melodías y pegajosos asientos de piel: tú.

 

 

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