Jack Kerouac, entre el mar y la carretera

Oscar Gallardo V.

jack

Escribir sobre Kerouac en estos días representa un desafío. Lo representa dado que a partir del filme de Walter Salles, el peligro de cualquier personaje histórico es que pueda convertirse en un personaje de ficción, justo el que construye el filme. Sin embargo, debo decir que el Kerouac de la película de Salles me resulta irreconocible, en vista de que Sal Paradise, el seudónimo de Kerouac en On the road, al igual que cada uno de los personajes de la novela retratada en lenguaje cinematográfico parecen ser un tropel de vagabundos sin asidero o, lo que es peor, sin búsqueda del mismo. Quien haya leído a Kerouac desde The Sea is my Brother, hasta Los vagabundos del Dharma, saben que hay dos elementos, entre muchos otros, que nunca están ausentes en sus escritos, a saber, el viaje y la idea de un horizonte simbólico. Es justo este último el que se echa de menos en la película.

La idea de un horizonte simbólico no es otra que la que surge de la necesidad por representar mental o voluntariosamente el mejor de los mundos posibles como un incentivo para seguir vivo. Ese es el mejor aporte de Kerouac: que el objetivo nunca es materialmente alcanzable de una sola y definitiva vez, sino se asimila y construye en el camino, en el viaje. Creo que la prosa de Kerouac es por ello liberadora no solo en estilo, tanto arbitrario como libre, sino también es rompe prejuicios. Ese es otra de las virtudes del escritor de Gran Sur, plantear a la sociedad belicosa de Norteamérica que la vida no está marcada por un destino manifiesto, sino que la vida es aquello que se recorre durante el viaje, en el camino, donde lo más importante siempre será lo que acontece en el transcurso.

Sobra decir que la estética de Kerouac no se agota en su estilo literario, antes dibuja una sensibilidad que trasciende las páginas. Los viajes del escritor ilustran una vida vivida a una velocidad fuera del estándar social, donde, insisto, lo importante no es el lugar de destino, sino lo que inspira la necesidad de moverse: un horizonte que se ve deseable aunque no resulte alcanzable en principio. Igualmente, otro aporte de la prosa de Kerouac es sugerir que echarse a andar en el mar, pero sobre todo en la carretera, implica disfrutar del viento en la desnudez física, pero sobre todo emocional. El horizonte simbólico también es un escape para Kerouac, por ello es inexplicable su ausencia en el filme.

Si pensamos que dentro de todos los caminos que nos pueden trasladar hasta cualquier punto hay algunos que además nos permiten ser distintos porque nos aíslan, entonces no hay camino más solitario que el mar. Nuestra presencia en el mar, para Kerouac, no es otra cosa que una forma de encarar el infinito. En The Sea is my Brother, el autor se embarca en la tradición de la novela norteamericana echada a la mar, representada por Hemingway y Melville, pero a diferencia de éstos, el mar de Kerouac representa a un joven desencantado que hurga en el infinito del horizonte marítimo como una forma de evadir a una sociedad que tiene forma definida. Pienso en The Sea is my Brother como una forma preparatoria del Kerouac de On the Road, es decir, primero huir de todos en un viaje autoconsciente en el mar para después andar la carretera con los demás, aceptando que la búsqueda de un horizonte simbólico es una búsqueda gregaria; y que, ya sea en mar o en carretera, el horizonte siempre parecerá inabarcable e infinito, como es cualquier camino que no pretende una meta definida.

Anuncios