Mohamed Mursi, el hermano musulmán #Egipto

Enrique Rubio

 

EL CAIRO.- Poco carismático y con escasas dotes de seducción, el Presidente egipcio, Mohamed Mursi, dividió en un año de mandato a su país, que lo saludó como el primer presidente elegido democráticamente pero que terminó saliendo en masa a las calles para exigir su marcha.

Mursi alcanzó la jefatura del Estado en junio de 2012 gracias al poder y la capacidad organizativa de los Hermanos Musulmanes, tras vencer en una apretada segunda ronda electoral al ex primer ministro del depuesto presidente Hosni Mubarak, Ahmed Shafiq.

El Presidente aglutinó no sólo el voto islamista, sino también el de muchos que temían la victoria de alguien como Shafiq, a quien se veía como una figura del antiguo régimen de Mubarak (1981-2011).

Desde el comienzo, Mursi puso gran empeño en identificar su mandato con el triunfo de la Revolución del 25 de Enero de 2011, que derrocó a Mubarak, y en subrayar su condición de egipcio de a pie.

Además, como había prometido durante la campaña, su primera medida fue renunciar a la militancia en los Hermanos Musulmanes y en el Partido Libertad y Justicia (PLJ, islamista), que él mismo presidía.

En su primer discurso, en la emblemática plaza Tahrir, Mursi abrió su chaqueta para mostrar que no llevaba chaleco antibalas y se presentó como “el Presidente de todos los egipcios”, insistiendo en que no haría distinciones entre “musulmanes y cristianos, hombres y mujeres”.

Los millones de egipcios que han tomado las calles en los últimos días no podrían discrepar más.

Su entrada de carambola en la carrera por la Presidencia -después de que el candidato principal de la Hermandad, Jairat al Shater, fuese descalificado- le valió el apodo despectivo de “neumático de repuesto” entre las lenguas más afiladas de los egipcios, siempre prestos a la chanza.

De maneras sencillas y escasa estatura, este hombre profundamente religioso no oculta sus raíces rurales y hace de la humildad una de sus bazas para conectar con el ciudadano.

En una reciente entrevista que concedió a Efe en el Palacio Presidencial, Mursi hizo gala de la ambigüedad expositiva que tanto ha irritado a sus compatriotas, pero se mostró como un hombre tímido y afable, desprovisto de las alharacas que suelen rodear a muchos jefes de Estado.

Nacido el 20 agosto de 1951 en el pueblo de Al Adwa, en el delta del Nilo, Mursi nunca dejó de medrar dentro de la cofradía islámica, carrera que transcurrió en paralelo a su trayectoria profesional como ingeniero.

Entre 1985 y 2010 fue jefe del departamento de Ingeniería de la Universidad de Zagazig, adonde regresó después de haber trabajado durante tres años como profesor universitario en el estado de California (EEUU).

Tras ingresar en 1979 en los Hermanos Musulmanes, donde inició su labor en el departamento religioso, escaló en su organigrama hasta que en 1995 se convirtió en miembro del Consejo Consultivo, su máximo órgano de decisión.

Diputado entre 1995 y 2005, ese año perdió su asiento y al siguiente fue encarcelado durante seis meses por apoyar las manifestaciones de jueces reformistas que denunciaron el fraude en los comicios.

Considerado un “hermano” muy activo, ha estado muy implicado en su proyecto político, como en 2007, cuando ayudó a la elaboración del programa de la cofradía que defendía que la presidencia solo podía ser ejercida por un musulmán de sexo masculino.

Durante la revuelta que derrocó a Mubarak, fue recluido en la prisión de Wadi Natrun, al norte de El Cairo, de donde logró escapar dos días más tarde gracias al caos en los presidios tras la desbandada de los guardianes.

Su victoria electoral en los primeros comicios presidenciales democráticos en Egipto despertó temores en los sectores más opuestos al islam político y entre la minoría cristiana, aunque sus primeras decisiones, como apartar a la cúpula militar que gestionó el país tras la caída de Mubarak, fueron recibidas con aprobación.

Sin avances en sus promesas electorales, pero tampoco sin grandes fracasos, la desconfianza que le guardaba buena parte de la población estalló el pasado 22 de noviembre.

Ese día, Mursi blindó sus poderes ante la justicia hasta la entrada en vigor de una nueva Constitución, lo que motivó grandes protestas de la oposición, que lo calificó de “nuevo faraón”.

Desde ese día, fue incapaz de conseguir sentar en la mesa de negociaciones a la oposición, la cual, por otra parte, nunca mostró demasiadas intenciones de dialogar.

La polarización en el país, agudizada por las duras condiciones económicas generadas por la caída del turismo y de la inversión extranjera, fue en aumento hasta las ingentes manifestaciones del pasado domingo para pedir su renuncia y la convocatoria de elecciones anticipadas.

La sorprendente irrupción de las Fuerzas Armadas con su ultimátum de 48 horas significó el comienzo del fin para Mursi.

En su último discurso a la nación, la pasada noche, un presidente nervioso y desafiante invocó decenas de veces su legitimidad para intentar evitar lo que ya parecía inevitable. EFE

 

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