Vidas perdidas

 A. Padierna

Se supone que cada etapa en tu vida es sólo eso, una etapa; por definición pasajera, efímera, un espejismo. Se supone que lo que se debe de hacer es disfrutarla, sufrirla, vivirla y después seguir adelante. Cuando una de éstas acaba, se supone que nada se ha perdido, sólo ha llegado la hora de algo nuevo. Tiene sentido, el ser humano no puede llevar una existencia estática. Si no podemos conservar ni lo átomos que forman nuestro cuerpo ¿por qué habríamos de poder conservar momentos en el tiempo? Se supone que no es bueno mirar atrás.

Sin embargo, últimamente se me ha colado entre los huesos una nostalgia que no puedo sacudirme por más que lo intente. Me parece que, más que etapas pasadas, estoy extrañando vidas que pude haber tenido y perdí. A cada una de esas pérdidas parezco deberle un periodo de luto y de rebeldía ante esa regla de los superados que dice que hay que estar completamente satisfecho con lo que se tiene y no estar volteando constantemente atrás. Tal vez lo que pasa es que se me da eso de añorar.

El sentimiento llega de una manera curiosa. En ningún momento pongo en duda lo apropiado de mi presente. Sé que soy feliz. El problema es haber conocido otras formas de ser feliz y saber que de ninguna manera se puede volver a probar ese particular sabor de felicidad. Ese micro-universo que una vez parecía tan estable y coherente colapsa de pronto y todo desaparece.  Es mentira que quedan restos, que puedes regresar con la mente, que lo puedes re-encontrar a pedacitos entre fotos y canciones. Las personas son lo que más cambia. Se acabó y se acabó. Lo puedes comprobar cuando lo único que encuentras entre la supuesta evidencia de que sucedió es un vacío. Esto pasa unas cinco o seis veces al día. Me encuentro extrañando universos de todos los tamaños, de los momentos más inocuos del tiempo que he vivido. Extraño incluso el universo de hace unas horas que se murió mientras extrañaba el de hace unos días.  Me pregunto si sólo estoy saltando de uno a otro, como un pájaro escapando de la lluvia o si soy yo quien los asesina brutalmente con torpeza crónica.

Así, entre nostalgia y culpabilidad, se me empañan los ojos de tristeza y no encuentro palabras que puedan explicar una problemática tan absurda como la que me he estado inventando. Cierro los ojos y sacudo la cabeza una o dos veces, como queriendo deshacer la telaraña de vidas que tejí entre preocupaciones y ya no me corresponden. Continúa el día e intento no seguir pensando en eso, me convenzo de que sólo a mi se me ocurre semejante barbaridad. Entonces abro los ojos, los abro de verdad esta vez, y reconozco en alguien más la misma nostalgia que me llenaba el rostro hace unas horas.

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