La futilidad como principio moral, según Henry Miller.

Por Óscar Gallardo

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Existe en el contexto de Trópico de Capricornio la mención de un principio de acción que enarbola Henry Miller. Como todo principio de acción, es una guía que condiciona nuestras decisiones. Es una suerte de máxima sobre la cual se justifican o fundamentan nuestros actos. De este modo, un principio de acción se vuelve entonces en una forma de imperativo que domina nuestra disposición al actuar. No obstante, no toda máxima es una forma de imperativo. Hay principios que deben su fuerza en nosotros porque constituyen una forma de interpretar la vida, antes que una forma de constreñir nuestras acciones a ideales del deber ser. En otras palabras, hay máximas que los hombres se dan, pero que no persiguen dotar al mundo de un significado o sentido diferente del que de hecho tiene: que la vida transcurre y es tanto o más compleja para quien se la desea tomar de ese modo. Ver así la vida, significa que no caben cláusulas de obligación cuando se vive en el derroche de la vitalidad. Ese es justamente el sentido del principio de futilidad que mienta Miller en el más nuclear de sus trópicos.

La futilidad como disposición

La futilidad, en su función sintáctica más usual, es un adjetivo. Como tal, atribuye o modifica al sustantivo al cual se aplica. En un sentido semántico lingüístico, la futilidad significa: insignificancia, trivialidad, minucia o pequeñez. Sin embargo, si nos ceñimos estrictamente al uso que le hemos conferido en nuestro texto, la futilidad sería una forma intencional de acercarnos al mundo. Dentro del conjunto de propensiones que demuestran los hombres en su paso por este mundo, han sido comúnmente señaladas aquéllas que tratan denodadamente de resignificar la realidad cuando ésta resulta imposible de aceptar. Otras, con menor ímpetu, solo se conforman con describir de manera neutral y objetiva la realidad. Este tipo de asepsia intencional en realidad es aparente. Y lo es, porque toda intención se funda en un propósito. Así que, incluso la mirada más aséptica está impregnada de propósitos que son susceptibles de explicitarse. En el caso de la futilidad, si es posible destacar alguna intención, ésta sería una franca forma del desinterés. ¿Cómo describir una actitud desinteresada hacia el mundo? Bueno, sería aquélla que renuncia a verlo desde el punto de vista de la trascendencia. Un mundo observado desde la futilidad es un mundo carente de propósitos de mayor entidad. La realidad, desde la futilidad, se halla atravesada por necesidades que se resuelven caminando las calles o en el dormitorio, con un apego furioso a los impulsos vitales y su ciega observación. La futilidad para Miller anula la trascendencia. El mundo si fuera posible verlo trascendentemente sería inhabitable para quien lo vive desde el punto de vista de quien toma la calle por su espacio y quien debe responder solo a dos necesidades demoledoras: coger y alimentarse. Entonces, la futilidad es el único resguardo posible frente a la necesidad social. Pero este principio de acción es también para el autor una forma del desapego. Miller trascribe Nueva York recorriéndolo y despreciándolo. La futilidad la construye como una disposición frente a la adversidad y la manifiesta como la inadaptación del autor frente a un país que corre en un sentido distinto y contrario al suyo. En Trópico de Capricornio, Miller reniega de la ciudad, de su país, a la par que anhela Europa, específicamente París. Así que la futilidad se torna en Miller en una forma de desarraigarse de un mundo y una realidad que se respiran ajenos.

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