La Bogotá verdadera, la ciudad de Antonio Caballero

Andrés Gómez

antonio caballero
—La noche de Bogotá es esto, niña: carros, pitos, semáforos, niños pidiendo plata, de cuando en cuando un muerto. Si quiere se la muestro desde la ventana de mi cuarto: se ve toda.

Así como se habla de autores sin libro o de escritores sin escrito — como Blanchot lo hacia de Joubert—, de  poetas que no escriben pero que expresan en sus acciones una poética de la vida, se puede hablar también de novelistas de una sola novela: el caso de Antonio Caballero. Sin remedio su única novela es considerada un hito dentro de las letras colombianas no sólo por su arquitectura literaria, digna de una catedral bajtiniana, sino por haber producido de manera efectiva en sus páginas la atmósfera social y política de la Bogotá de finales de los años setenta.

Asunto difícil para los novelistas locales, sobre todo para los más jóvenes, ha sido narrar la ciudad. La novela de Caballero es un ejemplo de cómo lograrlo y de no malograrse en el intento. En el afán de mostrarse como testigos y habitantes de este monstruo que es nocturno y mantiene en el vilo de sus fauces: carros, pitos, semáforos, niños pidiendo plata y a un muerto de cuando en cuando; los jóvenes escritores terminan deformando la ciudad real con la de sus sueños. Confunden la babilonia en que quisieran vivir o en la que creen vivir con la ciudad real. Quizá el mérito de Caballero es ese: mostrar la verdadera Bogotá, en la que Ignacio Escobar, el protagonista y Ángela (la hermana de la mujer de…) se sumergen como en una noche espantosa, de rumba. La del ya bastante comentado capitulo IX  que hace eco a cualquier noche latinoamericana— como la de Cabrera Infante en  Tres tristes tigres—: El infierno.

Bogotá de noche emerge menos con el desenfado en que aparecen las ciudades tropicales y más como un monolito dantesco, hecha una ciudad horrible que no tiene redención y que resulta una condena para quienes viven en ella. No hay aquí una visión idílica de la ciudad ni una construcción prosaica de la misma. En apariencia Caballero la describe tal y como se le presenta, sin darle otra coherencia que la experiencia de Escobar. Experiencia que se presenta como la de un desclasado de la burguesía; mirada y experiencia que también tienen mucho de la del autor.  Dicha mirada, es cierto, va más allá del realismo que caracteriza a la llamada novela urbana, pues no se conforma con ser verídica o un retrato fiel de la realidad. Hay en esas impresiones urbanas una composición del territorio de la ciudad desde la perspectiva de quien no está integrado de manera convencional a sus circuitos y de quien tiene la oportunidad de observar de manera fría y sin ningún juicio la crudeza de la ciudad.

Así desde el punto de vista de Caballero, desde la omnisciencia de la tercera persona registra la manera como Escobar se sumerge en las calles bogotanas como quien va a pasar una definitiva temporada en el infierno (la alusión a Rimbaud no es gratuita):   Torció el rumbo al oeste, hacia Chapinero, pensando —pero tarde—  que al salir de su casa  hubiera debido encaminarse al norte… Montones de basuras fermentadas se disolvían bajo la lluvia, soltando bocanadas de vaho tibio. La Carrera Trece era un corredor de agonía, un encajonamiento de luces de neón surcado por los buses que pasaban iluminados como altares en la Semana Santa, con las puertas abiertas, despidiendo un hedor ácido de cuerpos humanos fermentados, de ropas empapadas, desgranando en las esquinas racimos de pasajeros que quedaban hundidos hasta las corvas en los charcos mientras se protegían el pelo con hojas de periódico.

 Tal manera de configurar una imagen de la ciudad, desde una imagen de mundo que es la propia mirada del autor y que a la vez  representa de manera realista su objeto no es producto del simple virtuosismo literario, no se trata de un impulso pulsional como al que apelan los que creen haber descubierto la literatura urbana en la velocidad y el automatismo como única manera de darle vida a las ciudad en la escritura. No. El trabajo de Caballero es el del escritor culto, conocedor de la estructura: del cuidado en la forma, el estilo y la historia de la novela. La formación del escritor hace que la novela tenga largo aliento y a pesar de la desmesura de Sin remedio, la ciudad se dibuja como un fresco en movimiento que envuelve a Escobar hasta consumirlo, sin que por ello el relato pierda el ritmo.

Pero la fuerza descriptiva no es el único recurso del que se vale Caballero para animar la Bogotá de los años setenta, tampoco su bagaje de lector. Pareciera que una corriente más etérea moviera  los andamios donde se sostiene tanto peso cultural. Este aíre que hace verosímil y le da una identidad a la ciudad proviene de las voces de los personajes. El registro bien logrado de los diálogos produce la impresión de que lo que sucede en la Bogotá de Sin remedio sólo puede pasar allí.  La ciudad se hace presente en la manera como se captan los matices sociales de los variopintos personajes que se cruzan con Escobar en su descenso sin retorno del norte al sur de la capital. Así en la primera de las fugas que emprende el protagonista hacia ese territorio que emerge como en un trazo del narrador en torno a su personaje, cuando escapa de su mujer, Fina, por falta de un lenguaje para comunicar sus afectos hacía el entorno social —claramente regido por la oligarquía y las formas burguesas—que lo paraliza; termina en un burdel llamado El oasis hablando con una joven prostituta  provinciana, Cecilia, que cobra vida más por su acento en contraste con el de Escobar que por su breve descripción física: sola y quieta…tal vez diecisiete años…hembra de pocas carnes…un huesecito fino le ponía una mancha de luz en la piel mate del hombro. Pero en el diálogo aparece así:

—     ¿Y usted que hace ole?

—     Versos— confeso Escobar. Cecilia intentó fijar la mirada oscura, soltó una risa que se diluyó en un hipo

—     Soy poeta— insistió Escobar. Cecilia movió la cabeza negando: su pelo era una explosión negra.

—     Eso dicen todos—dijo a fin—. Pero lo que quieren es eso.

Y caballero remata para darle más presencia al personaje: Cecilia hablaba arrastrando la voz sembrando su historia con “oles” y “ole mire le digo” y “manitas quietas, ¿oquei?

Otro cadencia y modulación tiene Ángela que representa otra parte de la ciudad y que ante Escobar se muestra más segura y agresiva, aunque paradójicamente más afectuosa. Con ella descienden al séptimo círculo bogotano que no es otro que el sur profundo que se le presenta a los habitantes del norte como lo peligroso, prohibido, horrible y desproporcionado:

—Lléveme a conocer la noche de Bogotá.

Escobar se sintió agobiado

—La noche de Bogotá es esto, niña: carros, pitos, semáforos, niños pidiendo plata, de cuando en cuando un muerto. Si quiere se la muestro desde la ventana de mi cuarto: se ve toda.

—No sea bobo. Es en serio, quiero conocer la noche de Bogotá. Quiero saber qué pasa aquí cuando las niñas buenas como yo están en casa acostadas.

—No pasa nada.

—Tiene que pasar algo. Lléveme a conocer un burdel.

—Ángela, por favor… ¿quiere que la contraten?

— A lo mejor…—Ángela sonrió con una sonrisa enigmática—. Eso es lo que cree Richie que ando haciendo. Bueno lléveme a otra parte.

—Si no hay nada más. Esto. Restaurantes, discotecas. Ya la llevé a un restaurante y a una discoteca. ¿Quiere que vayamos a otro restaurante y a otra discoteca?

—No, a algo que no sea ni restaurante ni discoteca. A algo real. A la verdadera Bogotá.

—Esto es lo real.

—No puede ser esto. Tiene que haber algo más. Aunque sea un infierno.

Los diálogos dejan ver a los personajes como son y en ese sentido revelan la atmósfera del lugar por donde se vislumbra la ciudad como una presencia constante. Hay dos ciudades en Bogotá, entonces. Norte y sur aparecen como dos polaridades, como el día y la noche. El norte es lo claro, pero no lo luminoso, es más bien opaco y lluvioso siempre igual en sus rutinas.  El sur en la noche irradia luminosidad, pues a través de la rumba y de la distención de las convenciones sociales, rompe con las dualidades y se constituye real en su crudeza.  El sur de noche y en esplendor de la rumba deja ser el territorio que rodea las suntuosas islas donde viven los ricos indiferentes a la corrupción y a la miseria que constituyen el sustrato real de la ciudad.

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