Recuerdos del Alma Mater por Jorge Ibargüengoitia

La edad de oro

Jorge Ibargüengoitia (Publicado en el diario Excélsior, abril de 1971)

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Cuando hablo con personas más jóvenes que yo que pasaron por las mismas escuelas, llegamos irremisiblemente a la conclusión de que la época en que yo estudié es, comparada con la actual, la edad de oro de la enseñanza.

En efecto, muchos de mis profesores se han distinguido en la vida real. Uno de ellos es secretario de Estado, otro, subsecretario; otro fue durante muchos años, jefe de un partido político; otro murió, y su nombre fue a dar, en letras de oro, en la entrada de un recinto público, etcétera.

Otros de ellos, sin haber llegado a alguna cumbre burocrática o pública, han dejado huella en la educación mexicana, son autores de libros de texto, inventaron nuevos sistemas de formular la regla de tres, y uno de ellos adquirió fama por haberse aprendido de memoria las tablas de logaritmos, del uno al cien. Este último pasó tres años en un manicomio, siguiendo un tratamiento especial que le dieron para que volviera a olvidarlas.

Lo que quiero decir es que, vista desde lejos, la educación que recibí es de primera. Vista en detalle, en cambio, presenta serias deficiencias.

Voy a poner ejemplos. En la Escuela de Ingeniería teníamos un maestro al que llamaré Pittorelli para los efectos de este artículo, porque no quiero ofenderlo si es que todavía vive.

Pittorelli, que como su nombre indica era italiano, pasó cuarenta años de su vida dando clase en la Universidad Nacional de México en su idioma, convencido de que estaba hablando en español. Esta circunstancia hizo que la materia que enseñaba, que en realidad era muy sencilla y no tenía mayor importancia en la carrera de ingeniería, se convirtiera en algo dificilísimo, incomprensible para la mayoría —puesto que pocos alumnos entendían italiano— y la piedra de toque para pasar a segundo año sin materias pendientes.

Otro maestro notable, que llamaré aquí Carcaño, daba una clase magnífica. Incomparablemente mejor a la que daban los otros dos maestros que enseñaban la misma materia, uno de los cuales era muy brillante pero nunca iba a clase y el otro era muy buena persona, pero por alguna razón recibía el mote de “Lola”.

Pues bien, Carcaño, después de un año de exponer su asunto con claridad, de darnos tarea para hacer en casa cada ocho días y dejarnos, en general, convencidos de que estábamos estupendamente preparados, se presentó en el examen, puso tres problemas que todos creíamos poder resolver y de noventa y siete que éramos, reprobó a noventa y cuatro. No fue ninguna sorpresa, porque así pasaba cada año. Al día siguiente, los noventa y cuatro reprobados nos presentábamos en Justo Sierra a pagar el examen a título de suficiencia. Yo fui examinado por “Lola” y saqué diez.

Otro maestro, que tenía gran experiencia y la cabeza llena de conocimientos inapreciables, tenía el defecto de ser sordo como una tapia. Hablaba en un susurro ininteligible a más de un metro de distancia. Como es natural, lo que ocurría era que los alumnos interesados en aprender la materia que enseñaba, que de cien eran seis, se sentaban alrededor de su escritorio, a beberle las palabras. Los demás aprovechábamos ese rato para ir a desayunar en Sanborns. Entrábamos al final de la clase a pasar lista. Esto lo hacíamos confortados con la experiencia de muchas generaciones, que sabían que ese maestro se distinguía, además de por la sordera, por la costumbre de recoger las hojas de examen, salir a la calle llevándolas bajo el brazo y arrojarlas en un bote de basura que estaba en la esquina de Tacuba y el callejón de la Condesa. Nunca reprobó a nadie.

Otro maestro que no olvidaré, enseñaba una materia que era eminentemente práctica. Era, como quien dice, la manera de aplicar los conocimientos teóricos que recibíamos en las demás clases. Tenía este maestro el defecto de hacer continuamente referencias a su experiencia de constructor.

A él se debía la cimentación del edificio que se fue de lado en la esquina N, a él también, los cálculos estructurales del edificio de la compañía L, que ahora está en sus nuevas oficinas de la calle B. Sus estudios de mecánica de suelos eran famosos. A él se deben los de un teatro que es ahora casi subterráneo y los de un edificio de despachos que se quedó en su nivel inicial, lo que hace que para llegar a la puerta principal, que antes estaba a nivel de la calle, sea necesario subir catorce escalones.

 Pero la historia de su trabajo era lo de menos, daba desconfianza y ya. Lo malo eran sus experiencias. En unas pruebas de subsuelo que había hecho muchos años antes, había llegado a la conclusión de que a cuatro metros de profundidad, el subsuelo de México tiene noventa y ocho por ciento de agua.

Una de las grandes discusiones que teníamos sus alumnos era sobre si el maestro había obtenido esos resultados gracias a un error de cálculo, o bien si la muestra que había usado en sus experimentos había sido sacada de un caño de agua potable.

 

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