Sin dolor

Pablo González Cortés

@pablodanielGlez

Quien sabe de dolor, todo lo sabe.

Dante Alighieri

Fotografía de Juan Espino

Fotografía de Juan Espino

Vivir sin dolor, ¡qué bendición, el santo carajo grial! Pues hay gente que está maldecida con esa condena. Existe esa copiosa y extraña enfermedad de impedir el dolor físico, se le llama CIPA o Congenital insensitivity to pain with anhidrosis en inglés, se dice que los que tienen AC en español, Anestesia Congénita, tienen la incapacidad de sentir dolor, pueden romperse una pierna y seguir caminando como si nada, sólo arrastrando la extremidad partida. Que pueden estar en el sol sin experimentar ardor, y calentarse hasta el punto de desmayarse y requerir una ambulancia, son temerarios físicamente.

Para aquellos que maldicen el dolor, imaginen no ser capaces de sentir la muerte repentina, el golpearse el dedo chiquito del pie y seguir caminando con el cerdito más chiquito colgado del resto de sus hermanos, desangrado dejando un rastro de roja sangre, el poder arrancarse el corazón y verlo morir, literal, sin figuras retóricas, tomar un afilado cuchillo, arremeter contra el pecho, romper piel, carne, costillas, hacer a un lado pulmones, tomar la bola de carne resbalosa y palpitante, jalarlo hasta que se libere de sus cuerdas al cuerpo, verlo brotar de sangre mientras su velocidad disminuye y el sueño aumenta, sentir adormecer el esqueleto, perder la conciencia, caer en el suelo de espaldas con las rodillas flexionadas, el corazón en la mano y un charco de sangre que busca se piscina.

No, no podría vivir sin dolor, sin esa orgánica sensación de vida, porque no tendríamos idea de la felicidad de la felicidad sin el dolor que haga un reflejo exacto de lo opuesto, porque el dolor es umbral es barrera y frontera, el dolor es extremo opuesto, es el Capriles del Chávez, el Obrador del Calderón, el Irapuato del León. Cruzar el dolor para llegar a la satisfacción. Todos tenemos una jungla de dolores que nos antecede y se pierde en el horizonte, porque ese dolor ennoblece, a quien no padece se le mira con desdén. En lo personal detesto aquellos que siempre traen una sonrisa atornillada en la boca, no les creo. Gente real desayuna pena con leche, se toma el café con un coraje, se bebe su jugo con un drama. No sabríamos de la felicidad si no somos expertos en el dolor.

Desventura de aquellos con CIPA, por ellos es que muchos sufrimos más de la cuenta, aunque no tengamos, porque lo buscamos, que aunque tengamos una vida afortunada y bañada de alegrías prefiramos sumirnos en pequeños dolores, pequeños corajes, por eso es que me dediqué al periodismo, por el dolor ajeno, por echarnos tequila en las heridas, porque nos pintamos de negro para que cuando nos de la luz nos deslumbre. Porque esperamos una felicidad mayor apabullante, de extremo a extremo.

El CIPA no tiene cura, lo apesadumbrado tampoco

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