Pido tregua

A. Padierna

“Es evidente  que Dios me concedió un destino oscuro. Ni siquiera cruel. Simplemente oscuro. Es evidente que me concedió una tregua”

M. Benedetti.  La Tregua

benedetti

La primera vez que leí La Tregua lloré por dos semanas.  No entendía bien por qué me había afectado tanto pero algo en mí había sido tocado por la historia de Martín Santomé y las palabras exquisitamente dolorosas que Benedetti escogió para contarla.  Sentía como si la agonía de esas páginas fuese mía. Ahora creo que era una tristeza adelantada.

Varios años después de este primer encuentro con La Tregua continúa siendo uno de mis libros predilectos. No puedo decir que he sufrido como Santomé; al contrario, llevo una vida privilegiada. Sin embargo, hay algo que nos une. Tal vez sea la manera peculiar que tiene la vida de jugar con nosotros, sin extravagancias o escándalos. Lo hace de una forma natural, como las olas que desgastan sin prisa a la piedra que tuvo la mala fortuna de quedarse en el punto en el que el agua se vuelve arena. No hay mucho que reclamar. Se acepta lo que se recibe intentando hacer de ello lo mejor posible.

Aún así, con el entendimiento de que hay cosas que ni siquiera deben sufrirse, sólo ser asimiladas, me atrevo a pedir una tregua. Pido un descanso de las prisas y las obligaciones; de las sonrisas, las preguntas, las respuestas, de levantarse.  Pido una tregua para todos nosotros, los que vamos a la escuela, al trabajo, al supermercado, a misa, al gimnasio como si fuera la cosa más natural del mundo, como si no nos constara improvisar una razón para aprovechar el día o inventarnos una sonrisa para regalarle a los demás. Nos merecemos un descanso de los sentimientos, las expectativas y los miedos. Merecemos la oportunidad de guardar silencio, no hablar si no lo deseamos; de leer en vez de escribir.

Hemos construido un mundo en el que lo importante el producir constantemente sin preocuparnos con qué recursos lo hacemos. No se contempló jamás que incluso las ganas se acaban.  Es en ese momento en el que nos sentimos emocionalmente resecos, opacos, cansados. ¿Se vale dejar de intentar? La respuesta del mundo será que no. El optimismo se usa como penicilina en estos días, aplicable a cualquier enfermedad del espíritu. “Todo va a estar bien, hay una solución, hay que seguir adelante”. Personalmente, no le veo nada de malo a declararse cansado. ¿Desde cuando el ser humano es una máquina que funciona constante mente en modo alegre. No comprendo el afán de volver obsoleta a la gama completa de emociones. Se vale rendirse, llorar, cerrarse. Se vale decir “basta”.

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