El Silencio

Pablo Daniel G Cortés

El camino a todas las cosas grandes pasa por el silencio

Friedrich Nietzche

En un retiro espiritual del hombre posmoderno, lo más cercano que tengo de un paraíso silencioso, me di cuenta que soy de la Zona del Silencio, me di cuenta que somos la Zona del Silencio.

Leonor tenía 14 años cuando cayó el cono del cohete Athena. La gran bola de fuego que observaron desde lo lejos al volver de un baile en una ranchería cercana al ejido la Flor en Durango, les hizo pensar en la llegada de los jinetes del apocalipsis descrito en la Biblia, pero se trataba del hecho que pondría sobre el mapa la llamada Zona del Silencio.

“Yo en ese entonces era muy inocente, cuando yo vi esa gran bola de lumbre, yo pensé que eso era, ya nos habían dicho que se iba a acabar, después nos dimos cuenta que cayó sobre la Zona del Silencio, ya se escuchaban mitos”, dijo Leonor.

Fotografía por Marco Paköeningrat

Fotografía por Marco Paköeningrat

Amanecí en la Zona del Silencio en DurangoChihuahuaCoahuila, con su sol anaranjado y pararme ahí, en el desierto con horizontes a mis cuatro puntos cardinales, parado ahí solo sin ni siquiera mi alma, yo y yo. Ubicada entre el paralelo 26 y 28 latitud norte y 104 y 106 longitud oeste está ese cuadrito de tierra donde no debería pasar nada, ni gente hay, pero pasa todo. En 1965, en una expedición de Pemex notó extrañas interferencias en las ondas de radio de los aparatos transmisores y en 1966, un inspector de la compañía, el geólogo Harry Augusto de la Peña Pérez, con ese nombresote, comprobó el suceso. El investigador trazó en el mapa un área de 50 kilómetros cuadrados que denominó “Zona del Silencio”, ya que su radio-transmisor no recibía las ondas hertzianas y, por lo tanto, no se escuchaba ninguna señal.

50 kilómetros cuadrados de silencio, ¡qué felicidad!

Y dicen, dicen, que por ahí pasa una falla que baja desde el casquete polar, cruza todo Canadá, todo Estados Unidos, baja por México sale a las islas Revillagigedo, atraviesa de nuevo nuestro humilde cuerno de la abundancia y se va a vacacionar al Caribe, al célebre Triángulo de las Bermudas. El sueño de un mojado de cuarenta y tantos.

Fotografía por Jordi Marcé

Fotografía por Jordi Marcé

 Como yo.

Como yo, como un río que siempre está seco pero cuando llueve inunda. La Zona del Silencio no registra casi precipitaciones pero cuando lo hace inundan todo el Valle. Y como yo, habitamos pumas, coyotes, jaguares, gatos monteses, venados, mapaches, liebres, correcaminos y tortugas de desierto, ah, y arañas. Y como yo, hace 60 millones de años éramos lecho marino, éramos el Mar de Tetis, y peces nadan encima de nosotros. Nosotros, La Zona del Silencio.

Somos tierra de olvido.

En nuestra planicie se pierde todo, si bien, yo persona, yo Pablo nací en el Bajío, esa frontera del norte con el sur, mis pesadillas las reina la selva, mis paraísos el desierto. Y es que siempre traigo un desierto en la cartera para sacar y enseñar como un retrato familiar. En nuestra tierra se pierde todo como ese cohete gringo de la NASA que en 1970 se estrelló a unos 6 kilómetros del rancho de San Ignacio en plena Zona del Silencio, presuntamente por un problema técnico para que luego extranjeros trajeran equipo y hasta introdujeran vías de ferrocarril desde la Estación Carrillo, Chihuahua. Que según para rescatar Uranio del cohete, pero era Uranio de la tierra, de nosotros, la gente que vive por ahí dice que se llevaron piedras, plantas y animales, un saqueo. ¿Y la Revolución?

En nuestra tierra no sirven las brújulas.

Nuestro interior, nuestro corazón está protegido por la ONU, como yo, sufrimos saqueos y hurtos válidos de unos juicios de Núremberg en La Flor, Durango. “Cuando estábamos chiquillos abríamos la puerta para que la gente pasara, nos daban un peso y de regreso otro peso. Cuando la gente salía veíamos en su camioneta que iban cargados de tortugas, cactáceas, piedras, todo lo que encontraban se llevaban. Yo no le di el valor hasta ahorita que estoy rescatando lo poquito que nos queda”, cuenta Sergio de 42 años, bajo 40 grados de calor y oleadas de polvo. ¿Y la Revolución? Un saqueo, dice Sergio, un “pinche saqueo”. En nuestro corazón no sirven las brújulas. Aquí en “Zona del Silencio” no tenemos norte, puro polvo. Dicen, que acá, en Zona del Silencio las brújulas apuntan para donde se les plazca, la mía se mueve dependiendo donde se halle aquella. La que juzgará a los nazis y creará un Estado de Israel, y un Estado Palestino porque no soy tan ‘ojeis’ como la ONU.

Vivimos entre paisajes de Ray Bradbury. Piedras rojizas y panoramas melancólicos abundan en nuestra comarca y me hace pensar si en verdad este paraíso desértico algún día fue azul y cubierto por agua. Si estas piedras secas en un pasado milenario fueron guijarros y peces nadaban sobre ellas. Uno tiene que creer en algo, hasta en la Ciencia, si no ¿en qué?

Somos la Zona del Silencio.

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