Instantes

A. Padierna 

Fotografía por Xava Du

Fotografía por Xava Du

¿Qué es el tiempo? ¿Podemos en verdad definirlo como una dimensión en la que nos movemos de manera constante? ¿Se mueve o somos nosotros los que nos movemos? No tengo respuestas, más bien una infinidad de preguntas cada vez más complejas. Me atrevo a decir que el tiempo de constante no tiene nada. Más bien, creo que el tiempo es una mezcla heterogénea de prisas y pausas. Algunos dirán que las prisas son lo más importante, lo que te hace avanzar. Es durante las prisas que cumplimos con nuestras obligaciones, salimos a divertirnos, corremos, hacemos, decimos, pensamos.  En las prisas nos  definimos y nos perdemos. Muy de repente, entre carrera y carrera es que encontramos esporádicas pausas, instantes en los que todo parece detenerse. Nada está sucediendo, pero esa nada parece más importante que cualquier cosa en el mundo.

Las pausas se esconden entre las peores prisas, en los detalles más inocuos imaginables.  Pueden llegar a una determinada hora de un día que aparentemente es como cualquier otro. Se cuelan con la luz crepuscular en una cafetería medio vacía, entre las tazas, y la música de fondo; se acomodan en el respiro entre el último sorbo de café y una frase por terminarse. Pueden también acompañar una sonrisa fugitiva, sincera y no esperada, durante cualquier conversación común. Parece que las pausas gustan de aparecerse con los silencios, a veces entre canción y canción en una lista de reproducción especialmente buena. A veces nos las encontramos en ese desconcierto entre soñar y despertar, cuando no se está ni aquí ni allá sino en todas partes.  Parece se que las pausas son pedacitos de eternidad. Es durante estos instantes que por fin nos damos la oportunidad de ver, ver y sentir todo lo que nos rodea. De pronto, estamos conscientes de todo.  Tal vez es esos momentos que pasamos de estar en el espacio a estar verdaderamente en el tiempo, que resulta más absoluto y envolvente que su dimensión hermana.

El lado amargo de las pausas es que se van tan rápido y tan poco ceremoniosamente como llegan, volviendo a taparnos los ojos, regresándonos a lo que estábamos haciendo y haremos después. Retomamos el paso y nos olvidamos de la magia estática  de esos momentos de nada, efímeros e infinitos a la vez.

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