Si Dios fuera escritor

 A. Padierna

Si Dios fuera escritor viviría más tranquila. Sabría que Él comprende de semántica y sintaxis y, por lo tanto, que hay un significado y un orden en lo que quiere decirme. Tendría la certeza de que, si estudio con suficiente cuidado el código de lo que me rodea, podría encontrar una verdad oculta.  Si así fuera, tendría clara la relación semiótica entre el rodar de las nubes y el color del cielo al medio día. Tal vez entonces entendería por qué en la ecuación de los seres vivos son necesarias las cucarachas y por qué después de la tormenta viene la calma.

De ser Dios un excelente cuentacuentos, yo tendría más fe en mi propia historia. Podría descansar con la certeza de que quien sabe de narrativa ve siempre por sus personajes, por su desarrollo y transformación.   En la historia estarían presentes enemigos, falsos héroes y  figuras engañosas, pero también habría aliados  que están presentes en los momentos de mayor aprieto. Incluso si yo no fuera la protagonista, no dudaría de la importancia de mi existencia para el desarrollo de la trama.

Si el universo fuera el escenario de una historia, habría una razón para el sufrimiento y la injusticia. Existiría una explicación para aquello que al principio resulta incomprensible e innecesario. Al fin y al cabo, un conflicto fuerte es necesario para un desenlace satisfactorio. Incluso si mi final no fuera feliz tendría el consuelo de que algunas de las mejores historias no lo tienen. Cualquiera que fuera el final estaría bien, porque sabría que el desarrollo tuvo un significado y no faltó ni sobró ningún detalle. Y si Dios decidiera que al cuento de mi vida no le corresponde epílogo ni segunda parte, eso estaría bien.  Un final absoluto significa que la historia original fue suficientemente buena. 

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