Plática de locos

Plática de locos

 

 A. Padierna

“If you can’t convince them, confuse them”

Harry S. Truman

Fotografía por Erebos

Fotografía por Erebos

Por preguntona, me marearon y del mareo saqué la respuesta. Es probable que ya ahorita estén tan confundidos como yo lo estaba, por lo que me tomaré la libertad de explicar el momento de iluminación que me llevó a escribir esto.

Mi papá compartió un artículo de física con mi padrino vía Facebook y en un  momento de ocio me metí en la conversación y lo leí. El título del artículo era Fractionalized excitations in the spin-liquid state of a kagome-lattice antiferromagnet y desde ahí tenía un problema, ya que ni  siquiera conocía el nombre en español de ese estado de la materia, mucho menos entendía sus excitaciones fraccionadas. Lo que procedía era hacer la pregunta más elemental: ¿Qué es un spin liquid? Cuando mi padrino me respondió, pensé por un momento que las vacaciones me habían dejado idiota y debía correr a estudiar física si quería salvar mi alma de las ardientes llamas de la ignorancia. Releí la respuesta y me di cuenta de que me estaba tomando el pelo con un montón de incoherencias.

 En fin, después de un par de comentarios  dignos de los personajes de Alicia en el País de las Maravillas, mi padrino confesó que en realidad no sabía mucho acerca de estos spin liquids  y que, en este caso, aplicaba la frase del ex-presidente norteamericano Harry S. Truman,  “si no puedes convencerlos, confúndelos”.  La conversación sobre el artículo siguió tan incoherente como había empezado, pero yo me quedé con esa frase porque, de pronto, le daba sentido a muchas de las cosas que traía en la cabeza.  Pensé en las historias que contamos día a día; en los discursos políticos, en las excusas, en los debates. Pensé en las historias religiosas.

Esa simple frase me hizo pensar en la manera en que la retórica toma nuestras dudas y las disfraza de respuestas. Una pregunta sin responder puede, entonces, convertirse en diversas posibilidades, cada una infinitamente más interesante que cualquier respuesta fría e insípida.  Buscamos la seguridad de datos comprobables y coherentes como una base estable para nuestras construcciones culturales y sociales, pero siempre preferiremos ser asombrados y reconfortados con una historia que alimente nuestra imaginación a una versión que encaje con nuestra aburrida cotidianidad, que no nos cuestiona.  El cuestionarnos nos empuja a inventar mejores versiones de la realidad y de nosotros mismos. Por eso preferimos creer que Juan Escutia se lazó con la bandera nacional para salvarla y no que se enredó intentando huir; por eso preferimos creer en Jesús o Alá o Visnú o en el balance natural del universo, y no que aparecimos por error, sin propósito ni razón.  El divagar en nuestras historias, rompiendo la estructura finita de la razón, es lo que nos permite inventarnos una versión más satisfactoria del mundo y de nosotros mismos.

Seguí pensando y descubriendo laberintos que hemos formado en cada rincón disponible. De esta manera es que hemos escrito nuestra historia y nuestra fe. Con espejismos que satisfacen al alma antes que a la lógica y lo único que puedo concluir es que las mejores historias son aquellas que no terminamos de entender.  Puede que esto no aplique a las interrogantes sobre física, como estados de la materia aún siendo estudiados (yo todavía no comprendo a qué se le llama spin liquid), pero crea la confusión necesaria para seguir viviendo.

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