La página en blanco.

A.Padierna

Fotografía por Neal Sanche

Me siento frente a la computadora, abro Word, coloco las manos en el teclado y no escribo nada. Empieza a dolerme la cabeza, me cuesta respirar y pienso que mejor me distraigo un par de horas más buscando canciones, aprendiéndome sus letras, cocinando algo nuevo, haciendo ejercicio, viendo al techo.  Suspiro y me obligo a empezar a escribir.  Borro las pocas palabras que lograron salir y empiezo de nuevo; todo esto unas tres veces. Pero sigo intentándolo.

Me obligo a escribir así como me obligo a saludar con naturalidad, a charlar como si nada pasara, a sonreír. Me esfuerzo por seguir siendo yo porque cuando algo muy malo pasa, cuando de un momento a otro te rompes, crees que puedes perderte.  Yo no me voy a perder, no me lo permito.  Y escribo esto no sólo porque necesite decirlo para asimilarlo, sino porque sé que todos nos hemos roto en algún punto, a diferentes escalas, y la mejor manera de salir del hoyo es sabiendo que no estás solo.

Lo que más cuesta no es actuar como si nada hubiera pasado, ni siquiera el admitir que algo pasó. Lo que asusta es el silencio, lo que duele es la pregunta que da vueltas en tu cabeza. Lo que cuesta es estar solo, porque temes a dónde te llevará la corriente de pensamientos salvajes. Empiezas a preguntarte si fue tu culpa o por qué sientes vergüenza. De pronto es difícil distinguir entre sentimientos y sensaciones. Frío, ansiedad, vergüenza, es lo mismo. Todo termina mutando en algo que te oprime el pecho, que te exige que hagas algo, pero ¿qué hacer? Te calmas y te obligas a inhalar profundamente.

Desde un lugar más tranquilo, más alejado de mi, regreso a la normalidad. Me pongo optimista e intento decir algo útil para los que se sienten así, si es que alguien más se siente así. Menciono un retiro espiritual en Tailandia, me emociono. Divago sobre la meditación y las diferentes formas de alcanzar paz mental. Considero las artes marciales, parecen una buena alternativa. Sonrío. Nada de lo que escribí tiene sentido.

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