No basta con hacer ruido.

Por A. Padierna

Fotografía por Remo Castella

“Te quejas mucho” fueron las palabras escogidas por una amiga en una de las tantas ocasiones en las que enumeraba las pequeñas y no tan pequeñas molestias de mi día a día. Estas mismas palabras me vinieron a la mente hace unos días durante un evento del Instituto de Pensamiento Estratégico Ágora A. C.,  IPEA. El evento era sobre las posibilidades para México en el futuro inmediato, enfocado en el papel de los jóvenes en dichas posibilidades.  Debo decir que el evento no fue para nada lo que esperaba; resultó tan ameno como revelador. Los ponentes hablaban de la libertad de expresión con el regreso del PRI al gobierno, del peculiar tango entre censura y rebelión. Se dijo que gracias a los medios electrónicos resultaba más difícil que las voces de los jóvenes fueran silenciadas y que debíamos aprovechar esta oportunidad para producir mensajes certeros y valiosos, cosa que sólo es posible mediante la sinergia de forma y contenido. Fue entonces cuando las palabras sonaron en mi cabeza, “te quejas mucho”. La diferencia era que las palabras ya no eran para mí y mi drama personal, sino para mí como representante de una juventud inconforme.  Empecé a preguntarme  si realmente valía la pena decir mucho de lo que estaba siendo dicho.

Los jóvenes nos quejamos de más, estamos acostumbrados a hacerlo. Empezamos protestando por las determinaciones de nuestros padres y por el reglamento escolar; a medida que crecemos, aprendemos a quejarnos del tráfico, del gobierno, de la economía, de lo que se ponga en frente.  Con frecuencia, desperdiciamos nuestra libertad de expresión en gruñir y refunfuñar sin un propósito específico, por el puro gusto de hacerlo. Porque podemos.

Si bien se ha comprobado que quienes dejan salir sus frustraciones viven más , cuando hablamos de alzar la voz ante las injusticias, la corrupción y la violencia, debemos diferenciar entre una queja y una denuncia. La diferencia fundamental, considero yo, recae en el propósito con el que es hecha. El propósito correcto da dirección y empuje al mensaje; define por qué medio se buscará hacerse público, a quienes está dirigido y por qué, y usualmente contiene una propuesta que contrarreste lo que está siendo condenado. La denuncia es proactiva, no está hecha para soltarse al espacio y permanecer estática, para luego perderse entre todo lo demás que se dice al aire.

 Es admirable que cada vez surjan más grupos de jóvenes que buscan involucrarse en lo que sucede en el país, ser escuchados y tomados en cuenta. Bueno, para que se acuerden de lo que uno dice hay que decir algo bueno, no basta con hacer ruido.  Hay que tener criterio y también saber cuando callar. ¿Cuántas historias no terminan mal porque a alguien le pudo la boca? Pregúntenle al niño que gritó “¡Lobo!”… o a algunos políticos. Hay qué saber qué decir y cómo decirlo. Hay que saber quejarse.

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