Noches de disfraces

Por A. Padierna.

Imagen por “Mostro”

Finales de octubre, principios de noviembre, y los monstruos aprovechan a salir. Contrario a la creencia popular de que esta fiesta para los vivos con el pretexto de los muertos es para disfrazarse, lo que en realidad se puede ver es esa parte de nosotros que desconocemos el resto del año. Con el pretexto de  la pintura facial o el velo de la multitud es que le damos un descanso a la seriedad y aprovechamos para comer como ogros, aullar como lobos o hablar con voz de bruja; todo eso que por lo general enterramos entre capas de ensayada normalidad.

No se le puede quitar peso a las tradiciones de recordar y honrar a nuestros seres queridos que han dejado atrás la máscara de vivos, pero una de las cosas que más se disfrutan de estas fiestas es ponerse un disfraz y pretender que es un pase para portarnos como se nos antoje sin consecuencias, un viaje a las vegas portátil y personalizado. Incluso los altares son un disfraz para los que se han ido, para vestir su foto de lo que fueron y jugar a que siguen aquí, permitiéndonos a nosotros mismos regresar a lo que éramos cuando todavía nos acompañaban.

Estas noches de glucosa y calabazas son, entonces,  máquinas de Rayos X para mostrar los esqueletos que nos mueven, huesos de deseos reprimidos y risas disimuladas que aprovechan el permiso anual que se les concede para salir  divertirse.

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