Procedimiento estándar

Por Valeria Castel

“Si vamos a arreglar esto, nos vamos saliendo a partir la madre, puto”, bufé. Tengo que reconocer que jamás he sido la más señorita de las señoras, con perdón de usted y la asamblea dominical. A aquél no parecía sorprenderle.

“No te tengo miedo, cabrón enano.”

A decir verdad, el espectáculo era lamentable. Y no me refiero precisamente al hecho de que su servidora se pasaba el Manual de Carreño por las axilas frente al episcopado, sino por la piltrafa de hombrecito aquel. Trajecito de terlenka y corbata circa 1982. El tipo de persona que parece no tener nada que temer. Son a ésos a los que hay que huirles, aunque él parece ser el único al que no le llegó el memo – no entendía ni pizca de la enorme ventaja que la jodidez le da a uno. Un alfeñique así, castrado por una esposa harta que seguramente me regalaría un molde de volteado de piña por sorrajarle unos buenos catorrazos en su nombre. La misma que dejaría el kitsch moldecito plástico sobre mi escritorio durante su horario de comida para, acto seguido, irse a coger con el gerentillo – y jefe – bigotón del supermercado en que todos los días de 9 a 7 imagina en secreto que cada cliente sin asomo de calvicie toma el lugar del remedo de hombre al que había pasado más de quince años lavándole las camisas. Las chingadas camisas de Aurrerá con círculos amarillos en las axilas.

Y ahí estaba con la misma camisa, con esa estúpida sonrisita que me pintaba cada mañana.

Azorada, asesté el primer golpe. ¡Cuas! Directo al costado. Hasta la costillita cubierta por la camisita percudida se quebró como galleta salada de fonda barata. Él permaneció así, doblado de dolor, intentando recoger un pedacito de orgullo. Lanzó una patada. Me rasgó la media y yo me sentí el Mesías. Quería una cachetada, un rasguño, algo. A estas alturas, mi único propósito era prenderle la mecha. “Tiene que haber una vida más allá de las sardinas Guaymex”, pensé. Qué equivocada estaba. El tipo se limitó a ondear el brazo y pedir a Prude, que probablemente se sintió irritada tras tener que dejar atrás su jugosa torta de huevo, llamó a algún otro inepto.

Se entiende el punto. Para solucionar las cosas, sean éstas callarle la boca a alguien o simplemente apuntarle que está vivo, funciona más si se hace a mi manera.

Aunque es una lástima que este método no funcione al tratarse de mi (ex) jefe.

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