Victoria.

Por Valeria Castel

Terror nocturno. Siempre pensé que ese tipo de frases estaban reservadas a los párvulos que, aún ignorantes de la verdadera calidad de pánico que reviste a la vida (uno de sus gravámenes más crueles), experimentaban esa terrible sensación que provoca caer por una escalera en espiral. Después habría de caer en cuenta de que la paradójica condición de ser amado era casi tan culpable como la sugestión o la paranoia. El terror no se deriva de la incierta noche, sino del amor circundante. Ergo, la cantidad de amor es directamente proporcional a la cantidad de dolor que éste es capaz de causar.

¿Quién, bien amado y admirado, duerme en paz? Me atrevería decir con pomposa certeza que nadie. Así las cosas. El miedo insondable de perder cuanto se ha tenido. Amén de una cruel broma de la naturaleza, la deleznable condición de libre albedrío nos tiene jodidos. Es verdad. Pregúntele al hombre más feliz del mundo. Sería un redomado psicópata si no temiese un pelín de cagarla y con ello, regar la mierda donde sus amados resbalen.

Sin falsa modestia, sentirse indigno de las bendiciones de esta naturaleza aumentará la certeza de que la policía del karma le tiene preparada una factura de aquí al infinito. Y a rédito. Gozar es doler, y, estimado lector, la primera siempre viene casado con la segunda.

¿Existirá tal cosa como demasiado amor? – me pregunto mientras contemplo esa pacífica faz que te calzas al dormir, de una pureza que no me atrevo a vejar. Me cuestiono con las manos y las sienes escurriendo sudor, al tiempo que poso la vista en una fotografía en que mi padre me sostiene, orgulloso, en aquel tiempo en que era un bebé incapaz de fallarle a nadie. Una sombra se cierne sobre mi razón. Y tan indigna como me sienta al reconocerme objeto de ese amor, las múltiples máscaras carentes de virtud que en algún momento me atribuyera con cinismo revolotean a mi alrededor como carroñeras aves, ávidas de picar lo que me queda de orgullo en lo que soy o fui.

Me vuelvo una vez más y te contemplo serena, sabiendo que jamás habrás de abandonarme. Poso un beso en tu frente y me hago la promesa de nunca abandonarte. Así, con mi carencia y mis caries, mis malos ratos y mi fortuna de defectos. Así, porque en esta vida nos tocamos la una a la otra. Así, porque eres mis alas aunque yo me sienta como un lastre. Así, porque el amor jamás es gratuito.

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