La última carta.

por Pablo Daniel G Cortés

@plasticgallery

Foto por iCorreyero

Las bondades de la tecnología son vastas, mensajearnos mientras caminamos y tropezamos con un poste de luz, o hacer lo mismo y ser asaltados en Satélite. Seguir al momento la derrota de nuestro equipo favorito. Ver que el debate en Twitter es en verdad divertido. Emanciparnos de los grandes medios de comunicación. Burlarnos de un comentarista de televisión con un saludo a mi hermano “Elver Galarga”, entre otras cosas que hace sólo cinco años no eran posibles. Sin embargo pese a tanta gracia se perdió ese ejercicio que tanto nos hacía escritores a todos; escribir cartas.

Recibir correo postal era toda una alegría al llegar a casa del trabajo o la escuela, abrir el sobre, querer romper lo mínimo o destrozar el costado izquierdo del mismo esperando que no fuera un billete de lotería ganador y quedara arruinado. Separar las cartas “que importan”, dígase muestras gratis o cartas de chicas pretendidas de las “que no importan”, dígase publicidad o pinches cuentas bancarias. Cuando llegaba mi boleta de calificaciones a casa y yo hacía un sprint de escuela a casa en 9.51 segundos tan rápido como Usain Bolt para esconderlas, (nunca recibí medalla) para cambiar los seises por ochos esperando la indulgencia de mi madre, mi primer golpe de realidad.

Leer la carta recibida con una voz en off imaginando al remitente dictándola en nuestra cabeza, imaginar si reía o lloraba mientras escribía, oler el papel que bien tiene fibras únicas del lugar de donde fue empaquetado. Encontrar un cabello de la persona extrañada como prenda o petición de rescate. El pánico después del 9/11 de recibir un paquete con Antrax de un tal Iván (cuando Antrax dejó de ser una banda de metal y se convirtió en tema de CNN). Hoy el correo es una pinche notificación en el celular, una vibración indecorosa en el pantalón, un FW, FFW, y no sé cuántas más iniciales. Hoy todo es SPAM.

Dejamos de escribir cartas, dejamos de ensayar palabras, dejamos de afilar lápiz y quitar orillas a las hojas de cuaderno por infames “Inbox”. Escribir cartas nos hacía escritores a todos, incluso al más primitivo de nosotros, la reflexión, enfrentar a la hoja en blanco, al vacío, al espacio oscuro dentro del sobre y aún más oscuro dentro del buzón. El ejercicio imaginario de adivinar la ruta del cartero al destino, el anhelo de ser ese cartero que entregue la misiva en la mano de nuestro destinatario. Hoy todo es SEND, CC, y mensajes no deseados, tanto de salida como de entrada. Antes no había mensajes de borrachos, sería tan sobrehumano lograr que un borrachín lograra adivinar el código postal de la amada al calor de las copas que era un seguro de dignidad.

Le quitamos la magia al trabajo de cartero, hoy sólo se encargan de enviar paquetes de compras en E-bay, Amazon y Gandhi. Hoy sólo me escriben los bancos con la mano extendida. Ya no hay buzones en las casas, hoy encontramos en nuestros viejos buzones o entre las orillas de nuestra puerta únicamente recibos de luz, de agua, de gas, de cable, de internet y promociones de Home Deppot y Miércoles de Plaza. Hoy los perros no quieren morder el correo, les da asco. Hoy Mr Postman de Los Beatles suena como de otra época, lo es. Hoy todo es SPAM.

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