Miu – Miu

Por Valeria Castel

Fotografía por Celeste

El día de hoy, en un momento de absoluta desesperación (debo confesar que llegó como una especie de fiebre repentina) al observar que mis endebles guaraches me garantizarían una gripe ineludible, pisé un charco. Caminaba yo en un paraje conocido. Pese a que en numerosas ocasiones me había perdido en este lugar, otras tantas los inconfundibles motivos art deco de los edificios habían terminado por darme referencia suficiente. El punto no era ese en realidad. Ni el hecho de que el rebozo que me envolvía llamaba la atención de los transeúntes más de lo que yo hubiese deseado.

Este esbozo de cuento/anécdota/sueño hará constar a la humanidad que un cinco de junio de 1927, 2008 o anexos, una pequeñísima chica de vestido azul y metro y medio de distancia de los pies al revuelto cabello rizado fue lanzada hacia los furiosos automóviles por un felino rencoroso.

Debo decir a todo ello que jamás pensé algo semejante de un inocente gato de voluble andar. Hasta ahora todos ellos habían sido amables conmigo, o al menos habían tenido la amabilidad de ocultar lo antipática que les había resultado, qué sé yo. Entre la confusión de un beso y el último mezcal de ardiente tránsito por la garganta, regresaba al derredor real, disponiéndome a volver, ¿qué había qué pensar? Evadiendo cualquier cuestionamiento, como es costumbre, di un par de pasos por la avenida, pasos accidentados y vacilantes. Justo en el instante más incierto de mi andar, advertí un impulso que provenía de una pequeña pata cálida, suave, apoyada en mi pantorrilla. En unos cuantos segundos – años – meses (el tiempo parecía seguirse distendiendo contra mi voluntad), sólo atiné a girar la cabeza para darme cuenta de que un minino negro me miraba con abismales ojos verdes mientras mi inevitable caída tomaba lugar. Me miraba casi con tristeza, aunque cualquier persona sensata hubiese advertido que sus largos bigotes acentuaban la sonrisa burlona que se dibujaba en esa suerte de diminutos labios. En algún punto de esta declaración que rememora lo sucedido, hube confesado que escuché su pequeña risita al verme caer. En un febril instante, un taxi golpeó mi costado. Como una especie de fruta que se desbarata al estrellarse contra la cabeza de un mal comediante, mi cuerpo parecía haber volado en pedacitos con dirección a toda coordenada imaginable.

Justo en esa fracción de tiempo vibratorio, tuve un momento para pensar en mucho y en nada. Pensé en ti, en los últimos mezcales, en que probablemente todo esto concluiría con los horribles cólicos que me hacían desear haber nacido con pene, en la lista del supermercado y por último – y sólo en el más aleatorio de los segundos – en qué diablos me había hecho salir de casa sin haber desconectado la plancha. Todas esas cosas que uno ha hecho o dejado de hacer parecen gigantescas cuando un gato te avienta al horrible destino de ser atropellado.

Quizá deba pasarme más a menudo. Probablemente así recordaría si cerré la llave del gas.

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