El sexo y el Estado.

Por Esteban Tovar

Los diferentes regímenes políticos a lo largo de la historia, en mayor o menor medida, han tenido que fijar su postura ante este tema. El sexo, como actividad humana más básica y esencial, ha pasado por toda clase de calificativos, reflexiones, legislaciones y prohibiciones, que muchas veces ha buscado disociarlo del factor político. En pocas palabras, la manera en que una forma de organización política encara su sexualidad, refleja las características más intrínsecas de su sistema. Aquí les expongo alguno de los pasajes históricos que seguramente lo harán coincidir conmigo….

Uno de los retos más significativos del ser humano ha sido constituirse en sociedad bajo reglas de convivencia que, bajo una concepción de filósofos políticos liberales, busca garantizar prolongar la vida de sus integrantes dado el constante riesgo y temor a morir. Así, una de las reglas básicas fue el delimitar el número de parejas que cada hombre podía tener. En ese momento, por ejemplo, normas legales sobre la monogamia o castigos a la pederastia fueron interpuestos, lo que significativamente tenía el fin de ayudar a la convivencia armónica de una población. Pero que, al ir en contra de la naturaleza misma del hombre hasta la fecha, siempre han causado problemas; de ahí que muchas sociedades elevaran a un grado “sagrado” dichos mandamientos, en donde un poder superior al humano e imposible de engañar juzgaba el actuar del hombre. En La Biblia misma existen muchos relatos que refieren de manera directa o indirecta este orden autoimpuesto sobre el sexo.

F.U.C.K. o de manera desagregada “Fornication Under the Consent of the King”, resulta un término que actualmente suele ser muy recurrido para hablar sobre sexo en el mundo, pero que en realidad engloba un factor político inherente del poder medieval de Inglaterra, en donde el monarca daba el derecho a sus súbditos de tener relaciones sexuales. Lo anterior, con el antecedente de que el poder político de los soberanos del Medioevo incluía entera propiedad de las personas que habitaban una determinada localidad, de ahí que él tuviera la última palabra respecto a las relaciones sexuales de sus habitantes.

Para muchos incluso aún ronda en la mente aquella idea en la Unión Soviética en donde frente a un Estado inmerso en lo más recóndito de la individualidad, cualquier relación sexual debía tener presente al poderoso sistema político de la colectividad. El Estado como dueño de ese momento y de la procreación, por el bien comunitario.

Estados Unidos no se quedó atrás en el sexo. Bien recordada es la liberación sexual de la mujer durante el movimiento hippie en respuesta décadas de gobiernos Republicanos, y que fue auspiciada por la píldora anticonceptiva que daba a la mujer la posibilidad de elegir sobre su cuerpo. Apertura que fue sepultada en los ochenta con la Administración Reagan que tuvo que enfrentar los primeros casos de VIH. Incluso el presidencialismo estadounidense ha tenido sus momentos sexuales, sólo falta mencionar el escándalo del Presidente Clinton.

Ahora bien, la apertura democrática y las crisis económicas en México también han traído consigo la apertura en temas sexuales, principalmente en relación a la educación sexual. En un inicio como forma de control de natalidad  durante los sexenios de Luis Echeverría y López Portillo ante las debacles económicas. Tal vez recuerda la frase de “La familia pequeña vive mejor” que contrastaba con el “boom” demográfico de las décadas de los cincuenta y sesenta. Así, para finales del siglo XX hablar de sexo dejó de ser un estúpido tabú en las principales ciudades del país para convertirse en un tópico común más de la vida diaria. En ese sentido, se pasó de una legislación retrograda y punitiva a una discusión abierta con normatividad moderna actualizada y real  que es tomada como ejemplo en la región.

Deslindar sexo del poder nunca será posible, ni es deseado, pues ahí se captura la misma esencia de lo humano.

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