Ut med det gamla, in med det nya

Por Valeria Castel

                                                      Para el amor de mi vida

Foto por Alberto Ortiz

Hoy es uno de esos días en que te preguntas el sentido de la vida. Quizá sí, quizá no.

Salir a comprar el periódico, hojearlo con disgusto en el banco más puerco del metro, abandonar la serpiente naranja, llegar a un lugar aleatorio para gritar de modo silencioso que no sabes qué carajo hacer al paso siguiente.

Hoy es uno de esos días en que te preguntas si deberías dejar de fumar. O si deberías comenzar a hacer los pagos de la renta cuando te es requerido. O si deberías comenzar a tomar anticonceptivos, o dejar de morderte las uñas.

Hoy es miércoles, si mal no recuerdo.  Aunque todos los días sean de preguntarse sandeces que a los cinco minutos se ven ahogadas entre el sustituto de azúcar de mi café y otras lindezas, hoy es miércoles.

Hoy es miércoles y decidí ir a verte. Pasar una hora dentro de un vagón de tren, poco familiar y que siempre me angustia tomar de modo erróneo, llegar a la estación y mirarte esperando. Mirarte esperando como dices haberme esperado toda tu vida. Y bajarme del tren, con un “¿cómo ha estado tu viaje?” precedido por un beso hambriento, uno de esos donde se te sale el alma a ratitos.

Prenderé un cigarrillo, para sostenerlo con la mano izquierda y tomarte con la derecha (siempre caminas del lado de los autos, saliendo de la estación). Ya sé que no te molesta ser mi fumador pasivo. Caminaremos un rato más entre el pueblo muerto a las cuatro de la tarde, llegaremos al parque con una nave vikinga en el medio para preguntarnos a qué clase de tarado se le ocurrió que semejante muestra de historicidad sería divertida.

Y me seguiré preguntando, como hoy es uno de esos días, si debería dejar de beber café o seguir alimentando esperanzas de segunda mano.

Entre los respiros, y el modo en que esta noche durará mucho menos que la anterior, seguiré sin dejar de preguntarme mierda y media.

Hoy es miércoles y es uno de esos días en que me pregunto si seré un poquito capaz de soplarte un beso a lo lejos desde la estación de trenes cuando sea inevitable. Como en las películas baratas, donde la promesa de reencuentro es la única esperanza de qué colgarse para hacer semejante drama soportable.

Es uno de esos días en que me pregunto cómo es que, sin predecirlo, me jodiste la vida de un modo tan dulce. Y las pupilas, y las piernas, y el sexo, y la capacidad de sentir nostalgia. Sin pedírtelo.

Hoy es miércoles y ya comienzo a preguntarme si tomar el tren o no.

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