Del dolor adolescente

por Valeria Castel

“Ése es el pedo”, dijo sonoramente Pablo mientras exhalaba una tóxica bocanada de manera silente, para pasar el porro a la mano del Greñas. “No mames, Greñas… ponle; conoces a una vieja y pus ya, igual le haces al pendejo, lo logras y te la coges, todo va de poca madre. De repente te pega el ondón del amor: te encandilas, hasta la piensas, y te quedas como el imbécil que le dio el polvo de su vida, pero jamás como el hombre de sus sueños. Su ‘peoresnada’, digamos. Incompetencia afectiva, mis nalgas. El amor termina por ser la pinche epidemia que te consume, y terminas sentado en una banqueta con una cara de tarado marca diablo, preguntándote lo que pudo haber sid… ¡puta madre!”, gritó contrariado a razón de la quemadura que su distracción le había procurado: la ceniza de la hierba había caído en su muslo desnudo. El Greñas, compañero de andanzas que ahora habitaba una de las bancas de la Voca 5, le miraba inexpresivo.

Pablo hablaba como le había ido en la feria. Todos hablamos como nos fue en la feria: si nos ganamos un gigantesco oso rosa y deforme gritamos a los cuatro vientos nuestras hazañas como si se hubiese tratado de un periplo a pie o cualquier odisea similar… si un sucio cabrón nos asaltó y nos llovió para después caer dentro de un asqueroso charco, escribimos cosas como éstas.

“De nada te sirve  ser cabrón, mano. ¿Te das cuenta? Unos pinches ojitos de perro pateado y ahí vas de pendejo. El pedo aquí es que uno no puede estar tan solo. Me importa un pito y un perro, el amor es pura sandez condonada por miles, ¡horas! De canciones de amor. Nadie se toma la puta molestia de decir la verdad, y seguimos gastando millones de pesos en güisqui y otras madres que nos hagan olvidar por un momento a esas malditas viejas que horadan nuestra carne con sus solas miradas, mientras por dentro se cagan de la risa de nuestros idilios supuestos. La puritita noción del ‘amor’ es poco menos que una sarta de lamentos autocompasivos que pretenden hacernos sentir menos estúpidos para después hacernos mierda cuando ellas se van. Luego cae la cruda, la cruda flaco, y te sientes un pelele después de haber sido un chingón. El maese se desinfla y de repente eres el triste absorto que va por la vida lloriqueando cual vil marica. Eres una piltrafa y lo único que esas decadentes figuras atinan a decirte es ‘Perdóname’. Y encima, lo haces. Te digo Greñas… pásame el porro… Ojalá pudiera ser de esos cabrones que usan a las viejas y olvidan sus nombres. Pinche Norma. Me jodió la vida”.

 El soliloquio llegaba a una interrupción que parecía el fin, un fin de carácter temporal mientras El Greñas perdía completamente el sentido. Al parecer, Pablo no recordaba haberle llamado por su nombre de pila en años. Qué más daba, ese desaliñado individuo se había convertido en su hermano. Pero no bastaba. Norma se había ido y no iba a volver. Punto. Aquél sucio y desaliñado hermano putativo se había convertido en una especie de testigo silente y vegetal, inhalaba y exhalaba por inercia con los ojos vacíos. Tal cosa había terminado por exasperar a Pablo: su acompañante parecía estar muerto, muerto de sensaciones, y a él le ardía la carne, la impotencia le bullía en el pecho. Pensó en asestarle un golpe en la cara, descargar su frustración. No podía. Este pleito interno, la batahola asquerosa era entre Pablo y el recuerdo de Norma, nada más. Se revolvió, se envalentonó por un instante, exhaló resoplando. De su pecho, un estruendo de inmensas proporciones: “¿Sabes qué, Greñas? A la chingada con todo. A la chingada con el mundo, la mierda, la música, los putos versos de amor, la revolución, todo. A la chingada con Norma” – ahora las palabras de Pablo vibraban en los muros de concreto, eran gritos de agonía – “¡A la chingada contigo, Norma! ¡Me importas un carajo…!”, gritaba agolpando las palabras, tropezando la lengua, estallando en llanto, recreándose en el escozor de las purulentas llagas. “Vete a la chingada, cógete a otro, muérete… sólo deja de joderme la vida, de aparecerte inoportuna. Lárgate. ¡LÁRGATE, PUTA MADRE!”. Pablo era ahora un trozo de nada. De rodillas y con la cara en el suelo, besando la podredumbre, besando el cadáver de Norma, besando en adiós al polvo de lo que fue. “Carajo. Regreso a la nada, a las calles de la chingada soledad, al agua puerca del llanto…”, musitaba sin aliento, tosía, deseaba dar a luz a sus entrañas. “Todo por un segundo contigo Norma, uno más y ya…”.

Sonaba entonces “In my life”, del cuarteto de Liverpool. Siempre clavando alfileres en los ojos, vaciándose dulcemente en el caos: “Poco importa ya. Llévate mi cuerpo contigo, pártelo en cachitos, ponlo en una maceta, fúmalo, mancíllalo. Para eso te lo regalé…”.

El Greñas había salido del estupor. Al fin, se incorporaba, mientras aspiraba lenta y sonoramente una vez más.

– “No mames, pinche Pablo. Todo por una chingada vieja.”

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