Polkagrisar

Por Valeria Castel

El aire olía a polkagrisar. Aquellos caramelos de menta que robaba de la mesa cuando, en una pequeña fracción de segundo, mi madre se distraía a causa del gato o alguna rama desprendiéndose a causa del terrible viento. Siempre detesté Öland. Maldita isla de nada. El único que puedo recordar con gusto son los caramelos. Así debe ser el infierno: una maldita isla segregada del mundo. Olviden los trinches y el fuego: el abandono me resulta menos soportable.

El olor me hacía casi paladear con certeza uno de aquellos pedacitos de nostalgia. Metí las manos a mis bolsillos – estaban a punto de ceder al inclemente frío con que noviembre parecía anunciar su deceso. No podía pensar en otra cosa al esperar por el camión que me llevaría a Sollentuna. Las manos amenazaban con quedar inmóviles, pero no pude dejar de sostener la pulsera que ella llevaba. Había aprendido su textura, sus recovecos. Al tiempo que la recorría una y otra vez con los dedos, me preguntaba si ella hubiera hecho lo mismo por mi. ¿Lo mismo? ¿Recordarme con un pedazo de basura comprado en una feria de pueblo? No sé si se trata de una afrenta o un ridículo detalle de amor malinterpretado – y malhecho, de paso.

Una mierda. Invierno sigue siendo la mejor estación para morir. Morir con gracia, si tienes suerte. Y mi suerte se fue con otro. O con otra – como ella. La verdad es que palpar el día me duele en todas partes, me preguntó cómo la habrán encontrado, mi detalle sentimental de retener su pulsera, los veinte pasos de la cama a la puerta que tuve a bien dar por última vez. Si habrían notado que no faltaba nada, más que la caja de chocolates del refrigerador. Si habrían muchos policías rubios y ordenados.

Todo sería más fácil si no existiera justicia poética – o las resbaladizas e imperceptibles pátinas de hielo.

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