Editorial

Por Valeria Castel

Hoy, como en tantas ocasiones y de maneras distintas, apelo al poder exorcista de la literatura – o bien, escritura, que el valor literario de esto es enteramente discutible. Me rehúso a ser parte de una cultura en que cualquiera puede autoproclamarse escritor, melómano, músico o cualquier otra característica sin méritos suficientes. Las artes son traicioneras, el criticismo enaltecedor nos confunde, valoramos a través de otros. A decir verdad, no sé qué pensar de una sociedad que le cree a un individuo que se dice escritor y espeta desde su teclado atrocidades como: “Conóseme.”

Escribir en toda la extensión de la palabra es un acto de rebelión. Considerarse bueno, riesgoso. Publicar lo que a uno le salga del corazón, de abajo, o de donde sea, un acto de ingenua valentía.

Y como mis amargadas entrañas decidan guardarse o dar a conocer lo que de mi virtual pluma nace, o bien, privar al lector de ello, permanecerá como una decisión estrictamente personal. La búsqueda de reconocimiento resulta una empresa idiota si se es realista. ¿Aplausos? Los recibe el mono que hace una gracia.

Y como bien continúen mis letras reviviendo en el ojo de quien las desdeña o las aprecia, el resultado será el mismo: las insuflará de vida quien las lea. Toda palabra muere en el momento en que es escrita, argumentó alguna vez Don Miguel de Unamuno. Y yo desearía que miles de palabras que leo a diario y me roban irremplazable tiempo así permanecieran –en el silencio cómplice que al menos las dignificará ocultándolas.  

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