Bárbara.

En un intento por distraerlos en esta época del año, en la que las culturas se mezclan y en medio de Frankenstein’s de plástico todavía podemos encontrar flores de Cempaxúchitl, les escribí un pequeño cuento. Espero que lo disfruten. No olviden que nuestras tradiciones nos identifican como pueblo, así que después de disfrazarse para una fiesta o pedir Halloween, recuerden instalar una pequeña ofrenda en sus casas.

Por AleBravo

 

Después de esperar su muerte durante siete años, Bárbara decidió salir de su cama, la cual había utilizado como refugio todos los días después de llegar de las largas y patéticas jornadas de trabajo en el centro de rehabilitación para drogadictos.

 

El pretexto del cansancio extremo había dejado de ser válido incluso para ella, por lo que decidió que era momento de revivir, aunque fuera solamente para encontrar la muerte en otro lugar, ya que por lo que veía, desperdiciando las horas en cama, el arribo del último de sus días se veía aún lejano.

 

Rompiendo la rutina de los fines de semana, que constaba en interrumpir el sueño únicamente para ir al baño y para comer, Bárbara tomó la decisión de salir de su casa sin avisarle a su familia, y dirigirse a la estación del metro más cercana, acompañada únicamente de algunos refrigerios, una chamarra y el poco dinero que le había sobrado después de pagar la renta del departamento.

 

Cuando su espalda resintió el golpe de un hombro masculino descuidado, Bárbara reaccionó y salió del estado de trance en el que se encontraba, para descubrir que no tenía ni idea de cuál era su destino. Decidió seguir a la oleada de personas y abordar el primer vagón que se le pusiera en frente. Subió a la línea azul y después de escuchar el llanto de un par de bebés, olfatear el sudor de los albañiles y sentir una que otra palmada en el trasero, arribó a la estación “Toreo”.

 

No sabía porque ni para que estaba ahí pero cuando sus ojos descubrieron la marejada de camiones, tomó uno que bien clarito decía “Tepotzoltán”. Mientras avanzaba por Periférico, su mente despreciaba todo lo que veían sus ojos; casas, fábricas, tiendas, autos, puentes, calles, todo, absolutamente todo era parte de un mundo de dolor y miseria que había inventado el ser humano. Ahora era mejor conocido como globalización, o al menos eso es lo que decía la gente.

 

Al llegar a Tepotzotlán se bajó del camión y comenzó a recorrer las calles empedradas, llenas de tiendas de artesanías y restaurantes, infestados de seres risueños. Al ver el letrero de un bar, Bárbara recordó la mirada de uno de los drogadictos, el número 72896, el padre de su última hija. Su esposo todavía no se había dado cuenta de que los ojos grises de su pequeña no eran una mezcla del negro de la madre y el azul del padre, sino la huella de una noche de pasión en un baño del centro de rehabilitación, justo antes de que Abel fuera dado de alta y su cuerpo terminara embarrado en una banqueta, justamente el día que estaba estrenando su nueva motocicleta.

 

Continuó caminando por un buen rato. Aunque su fe en Dios era nula, en busca de un poco de paz, decidió adentrarse en la Iglesia de San Pedro para descansar unos minutos en una de las bancas ubicadas en la última fila.

 

De repente, Bárbara sintió el calor de la mano en el hombro. Volteó instantáneamente, temiendo que su esposo la hubiera seguido, pero su sorpresa salpicada con tintes de pánico fue imposible de disimular cuando descubrió que el dueño de esa mano era nada más y nada menos que Abel. El ex drogadicto, o al menos eso era lo que pensaba Bárbara, la tomó con fuerza del brazo, la jaloneó para que se levantara y la sacó de la iglesia.

En cuestión de segundos llegaron a un callejón en donde Abel sacó una pistola, apuntó directamente a la cien de la mujer que años antes había sido suya y sin titubear dijo “dame a mi hija ahora o disparo”. Bárbara intentó decirle a Abel que su hija no estaba con ella pero debido a que el shock impedía que las palabras salieran de su boca, movió la cabeza de un lado a otro. Entre susurros Abel entendió la palabra “no”.

 

Después de que el índice de Abel ejerció presión sobre el gatillo, Bárbara escuchó el estruendo de su despertador. Todo había sido un sueño. Nada era real. Lo que jamás se imaginó al despedirse de su esposo, era que justamente ese día conocería al drogadicto número 72896, cuyo nombre sería justamente Abel.

 

 

Make Love Not War

Véanme en www.youtube.com/AleBravo69

 

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