Les petites meurtriers.

Por Valeria Castel

 

Los cigarrillos son como el tiempo: piensas que los devoras ávidamente, cuando en realidad son ellos quienes te gastan aquella jugarreta de mal gusto.

Me parece que fue a los quince años cuando el alquitrán entró en mis pulmones para nunca marcharse. Con la pleura hecha una mierda, podré decir que el gusto a nicotina siempre fue una de las pocas cosas que valían la pena en esta existencia. Los cigarrillos dieron la estocada final a innumerables cuadros donde sólo permanecían unas bragas mojadas, un sujetador de difícil código para abrirse y el lecho recién abandonado. El beso de buenos días del filtro, unas cuantas veces en legítima unión de los saldos de alcohol, con los tacones trastabillando un paso tras otro en el concreto de vuelta a casa. Así como con P, B, A y cualquier otro sujeto de insignificante nomenclatura.

También estaban los cigarrillos que se juntaron inconvenientemente con un nudo en la garganta. Sin miedo a demeritar a quienes murieron en el campo de batalla desolado por el placer, éstos tenían un encanto particular. Era aferrarse a las manchas en el algodón comprimido de una de sus puntas, porque se revelaban como la única compañía fiel cuando la última salida estaba al lado del baño público que jamás encontré.

La fidelidad a su aliviadora función jamás se vio profanada por mi frecuente coqueteo con las divergentes pero igualmente únicas formas fálicas de tabaco que por mis manos pasaron: mentolados, suaves, cubanos, baratos, de diseñador, fuertes, taciturnos, tostados, rubios… analogía que sobrará formular para estos efectos.

Más de un loquero atribuiría mi insana práctica de fumar como una demostración de que jamás superé la etapa oral. Y yo digo, que se joda Freud. La satisfacción de flirtear con la muerte progresiva que un cigarrillo advierte sólo puede compararse con la delicia del más abyecto tacto con la piel, con la lengua en el sexo y las puntas de los dedos palpando el corazón simultáneamente. Sin miedo a demeritar cualquiera de las dos imágenes, todo se reduce a un lanzar de dados: cáncer u olvido, alguna cara con mayor optimismo en sus promesas y el resto, antojándose impredecibles.

En cada bocanada, una caricia en los labios y en el pecho; cada exhalación, un peligroso intento del alma por escapar del cuerpo. Un cuadro por cuadro que se repite incesantemente, hasta que los cigarrillos y el marrano suelo en que te sientas en alguna estación, apartamento o calle sin precisar se convierten en tus únicos cómplices.

Ese es el encanto de fumar sola. Porque sola te quedas cuando los músicos se van, las ganas permanecen como la cajetilla de pequeñitos asesinos sobre la que tus dedos tamborilean mientras piensas si el día aún pinta como uno de aquellos en que morirte un poquito más te tienta las entrañas.

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