Amore de città

Por Valeria Castel

Es como llegar al tan ansiado fin de una horrible película protagonizada por Sandra Bullock.

Es como la honestidad de colores vistosos y con una sombrillita de Mai Tai.

No hay como consumir la droga sin reparo, y no porque algún marica dijo que sería el fin de la puta jaqueca.

Es eso.

Es llegar al precipicio inerme y divisar los grandes ojos de la ardilla saltarina sin temer, esbozar incluso una inusitada sonrisa al recordar…

Es la convulsión permitida de la voluntad y el abandono del tortuoso razonar. Estridente, desafiante y groseramente revelador.

Es escupirle en la cara a la impertinencia insensata y dependiente. Es dejar de temer al fin del vasto mundo, montar caballos rojos, comer manjares de incierto sabor, ver caer ángeles del cielo y mantenerse inmutable.

Es sangrar sin ansiar que pare.

Es adorar la diferencia compartida, acariciarla en el pensamiento, quedarse a velar su tranquilidad inamovible y de poética pasividad.

Es tocar el réquiem al arrepentimiento, y recibir con marcha triunfal a la irónicamente apacible ráfaga aérea que dulcemente calcina las entrañas al mirar esos cristalinos ojos.

Eso es, lector, la indescriptible sensación del embeleso.

Eso es, al fin, lo que siempre se busca y estúpidamente se rehúye.

Abrazar la visión palpable de ese lento fluir.

“Was du erlebt, kann keine Macht der Welt dir rauben” (“Ningún poder de la tierra podrá arrancarte lo que has vivido”) Rielke.

Anuncios