México y Canadá: Ganadores pero no héroes

Por Daniel Velasco Fabila

Hace unos días pensé que estaba soñando. Abrí los ojos y me di cuenta que lo que acontecía a mi alrededor era parte de una realidad inimaginable, algo que nunca pensé ver en México. Siempre hay una primera vez para todo lo que hacemos, vemos o experimentamos. Pero algunas de ellas nos dejan marcados para siempre por la trascendencia, por el momento en el que sucedieron o por alguna otra razón que ahorita no se me viene a la mente, sólo sé que a mis hijos y a mis nietos les diré que soy un privilegiado. Dos veces he sido testigo presencial de algunas de las hazañas deportivas más importantes en la historia de dos países. En dos ocasiones he visto a la gente salir a las calles a demostrar su júbilo y festejar un hecho sin precedentes.

La primera de ellas tuvo lugar el domingo 28 de febrero de 2010. Aquella mañana, la ciudad de Vancouver vivía el último día de fiesta, culminaban los XXI Juegos Olímpicos de invierno, y Canadá entera esperaba con ansia su cita con la historia. Eran las 12:00 pm y me disponía a ver la Final Olímpica de Hockey en mi homestay. Había decidido no salir puesto que me encontraba un poco enfermo, y mis esperanzas de conseguir un boleto para el juego se esfumaron al ver que el boleto más barato se cotizaba en poco más de $1, 000 CND y por el más caro, llegaron a pagar hasta $ 72, 000 CND.

El juego enfrentaba a Canadá y Estados Unidos. Un duelo con mucha rivalidad, y representaba la oportunidad de revancha para ambos. Una semana antes, Canadá había perdido contra los yankees y ello había ocasionado que los locales enfrentaran a Rusia en los 4tos de Final. Por su parte, Estados Unidos tenía la oportunidad de tomar revancha de la humillante derrota que sufrieron a manos de Team Canada en la justa de Salt Lake.

A las 12:15 pm dio comienzo aquel juego. Rápidamente los locales se pusieron arriba en el marcador con gol de Jonathan Toews y para el segundo lapso, Corey Perry extendió la ventaja a 2-0. Poco antes de finalizar dicho periodo, Ryan Kesler descontó para Estados Unidos. Como si se tratara de una película, Team USA tenía un dominio avasallador sobre los locales en los instantes finales y, a falta de 24 segundos para concluir el juego Zach Parise mandaba el cotejo a tiempo extra. Ahí, la figura de Roberto Luongo, portero canadiense, se agigantó para detener los tiros rivales. En una jugada de contragolpe, Sydney Crosby, de tan sólo 23 años en aquel momento, le dio a Canadá la medalla de oro.

Es cierto que Canadá ha sido 8 veces campeón olímpico en esta disciplina. Sin embargo, nunca lo habían conseguido en unos J.J.O.O. disputados en su territorio. Ello provocó el júbilo de la gente, y los colores rojo y blanco podían verse por todos lados. Por mi parte, decidí celebrar aquella victoria con un rico filete de salmón acompañado de un buen vino. Siempre recordaré aquel instante.

La segunda ocasión que tuve la suerte de presenciar algo así fue apenas el pasado domingo 10 de julio. El escenario era inmejorable, el ambiente digno de una final, y la sensación de confianza en que se escribiría historia. La Selección Mexicana sub 17 disputaría la Final del Mundial de la categoría en el mítico e imponente Estadio Azteca. El rival era un histórico del fútbol mundial, y que en la categoría mayor posee 2 campeonatos mundiales en su haber. Como muchos otros, mis deseos por asistir al “Coloso de Santa Úrsula” se vieron frustrados, pero ello no sería impedimento para ver el partido.

El partido no fue demasiado fluido, incluso podría describirlo como un partido tenso, lleno de nerviosismo y en ocasiones hasta cortado. Sin embargo, Antonio Briseño, capitán del conjunto azteca puso a soñar a todo un país al horadar la meta charrúa en el primer tiempo. No obstante un par de tiros al poste de los sudamericanos pusieron con los pelos de punta a más de uno. Pero el apoyo incondicional de la gente -que se hacía notar con un toque de ¡FUA! en cada uno de los despejes de Ricardo Sánchez- y la presión hacia el rival, con gritos como el tradicional ¡PU…! en las intervenciones de Matías Cubero, portero uruguayo; terminaron por surtir efecto. En los instantes finales del partido, un contragolpe de los locales terminó con gol de Giovani Casillas, y ello desató la felicidad y celebraciones en todo México.

México había conseguido su segundo Campeonato Mundial Sub 17. Sin embargo, por primera vez lo hacía frente a su público. Más de 40 años esperó el Estadio Azteca para atestiguar cómo un equipo mexicano se alzaba con el título que lo acredita como el mejor del orbe, sin importar la categoría en que se jugara. Cuatro justas mundialistas en México (sin importar la categoría) aguardó el pueblo mexicano para celebrar con los suyos. Algunos en las distintas plazas, monumentos, en sus casas y otros en el trabajo. No lo olvidaré.

En ambas experiencias, tuve la oportunidad de ver a representativos nacionales obtener una de las victorias más importantes para sus países, ya que lo hicieron en la disciplina deportiva nacional por excelencia en sus respectivos casos. Emociones de alegría eran las que permeaban el ambiente de cada país una vez que se conocieron los resultados finales de los juegos. La gente expresaba su orgullo nacionalista de maneras muy diversas. De hecho me sería difícil enumerar la cantidad de muestras creativas tienen las personas en esos momentos.

Sin embargo, hay que enfocar la atención en un punto particular: NO ES MAS QUE UN JUEGO.

Sí, da gusto ver ganar a tu selección. Las emociones son inherentes a la naturaleza humana, pero entender que no es un logro del país, sino de un conjunto de muchachos es algo que no todos son capaces de razonar y/o aceptar.
En el caso mexicano, mucha gente carece de esa capacidad dada la ausencia de triunfos a lo largo de la historia nacional en los aspectos social, político y cultural, aunado a las deficiencias existentes en las estructuras diseñadas por el Estado para promover el desarrollo intelectual de sus gobernados.

Debido a la escasa frecuencia de momentos gloriosos, tristemente éstos sólo han servido como distractores sociales, espejismos que ayudan a olvidar los problemas que encara la sociedad mexicana en su vida cotidiana. Aún así, es la misma sociedad quien tiene en sus manos el poder de cambiar estos espejismos para convertirlos en situaciones normales en sus vidas.

Al igual que en México, cuando Canadá ganó la presea dorada en Vancouver, la gente salió a las calles y festejó al máximo el triunfo. Sin embargo, al día siguiente no se habló de héroes nacionales, redentores de la historia ni generación dorada. Cuando salí a la calle, la serenidad había vuelto a los rostros de la gente, pues entendían que sus verdaderos héroes se encuentran en el doctor que salvó una vida, el abogado que libró a un inocente de ir a prisión, el estudiante que terminó su carrera universitaria o la maestra que le enseñó a contar hasta el 10 a sus alumnos en el kínder.

Los triunfos en el ámbito deportivo son el reflejo de una sociedad avocada al trabajo, comprometida y visionaria. La sociedad mexicana ha dado muestras de que empieza buscar nuevos caminos y ha esbozado querer modificar su historia. Hechos como el del domingo o el posicionamiento de la UNAM como una de las 100 mejores universidades a nivel mundial son ejemplos del empeño que algunos sectores de la sociedad, por pequeños que sean, han puesto con el fin de ser mejores y transformarse en los héroes individuales cuya suma de esfuerzos devuelve la esperanza. No se hable más de héroes, sólo hay que actuar como tales.

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