Darwinismo

Por Valeria Castel

          ¿¡Qué le ves a ese hijo de puta?! – dijo gritando colérico, los ojos a punto de salirse de las órbitas.

 

          Que eso es. Eso le veo.

Ni pasmada ni calma, sabía que esa era la respuesta más honesta que había espetado en mi vida. Tomándome del brazo, apretó tan fuerte que mi único movimiento en certera sincronía atinó a separarme de él en un tris.

Chistando, los improperios más obscenos parecían irse generando a velocidades inusitadas como los millones de bacterias que seguramente habitaban en todas y cada una de las gotas de saliva que su rabiosa boca despedía en cada grito.

          Ese cabrón. Lo voy a matar, te juro que lo voy a matar.

          No seas pendejo. ¿Tan difícil te es aceptar que te ganaron? Una no es ninguna.

La bravata que contemplaba mientras daba otro sorbo al café frío, alternado por una que otra bocanada del cigarrillo que no había logrado desertar de mi mano pese al jaleo – siempre supe que los pitillos jamás me abandonarían – me parecía cada vez más entretenido. Ahí estaba yo, en medio de un ataque desesperado por demostrar quién la tenía más grande. La historia de mi vida.

Me tomé un momento para observarle con detenimiento. La piel del brazo, pulsante, todavía dibujaba una marca rosácea de falanges que iba desapareciendo de modo gradual. Él continuaba ensimismado, paseando por la sala con un patético gesto de derrota, como quien pierde todas las canicas en el receso.

Jamás me molestó ser una canica.

Sentada de nuevo, crucé la pierna. Bufando, sus pasos tambaleantes se suscribían a un rango de movimiento cada vez más reducido, entre el mueble del tocadiscos y la pequeña mesa de centro. La mirada gacha, el corazón ardiendo. El momento se antojaba para reclinarse en la silla y comenzar con las cínicas predicciones:

a)     Llamarme puta.

b)     Aventarse por una ventana.

c)      Romper a llorar.

Todas ellas, ridículamente dispuestas en una trivia cruel. Gánese el millón si adivina.

De cualquier modo, siempre fue un tipo predecible. No tenía los güevos para insultarme, ni mucho menos para aventarse por una ventana. Así que revelaré que ninguna de las súbitas prognosis fue cierta. Simplemente, se desplomó en un sillón. Así nomás, con un nudo tremendo en la garganta.

          Ah, y la respuesta es sí.

Silencio sepulcral. Exhalación ruidosa.

Ni un sonido reconocible, salvo unos cuantos murmullos entre dientes. Me levanté de la silla, di unos cuantos pasos hacia la piltrafa desparramada en mi sillón. Lo miré como ya era costumbre para la generalidad: hacia abajo. Parándose, parecía ir preparando la estocada final.

          Ese cabrón…

Jamás se había caracterizado por tener un vasto léxico.

Tras un par de segundos de parsimonia, no pude resistir más y me acerqué al tizón. Con escasos centímetros de distancia entre mi cuerpo y el suyo, pude sentir la humedad de su aliento revolviéndome los cabellos. Había encendido un cerillo en un cuarto lleno de gas butano.

          Si el asunto es sobre coger, dímelo. Sólo eso me faltaba.

Me pegué todavía más a su cintura. Mi mano, dotada de una voluntad propia que ya se había convertido en costumbre, jaló la pretina de su pantalón para irse deslizando de su abdomen hacia abajo.

          Te sientes con ganas de partirle la madre, pero no eres capaz de darme una razón para quedarme.

Mis dedos viajaron, podía sentir el escalofrío de su espina. Ese que era tan mío.

          A diferencia de ti, él tiene güevos. – le dije al oído,  mojándole la furia.

Despreciable, o puta, o lo que les de la gana. Cínica, o heroína de las mujeres vilipendiadas. Como hubiera sido, todo se desdoblaba en conjeturas idiotas para volverse a doblar en un triangulito perfecto de dimensiones minúsculas, en mi sala, en un barrio cualquiera de un tiempo cualquiera en la Ciudad de México. Ese lugar donde los autos seguían arrollando gente, donde las miserias gritan por si solas en cada para de zapatos colgados de un anónimo poste de luz, donde la supervivencia del más apto es una condición reducible a un mal necesario.

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