De lo Sacro

 Por Valeria Castel

A Eduardo

La ciudad de la lujuria, de la violencia, del hambre. Calles desoladas con sabor a brea, peste del virtuoso, paraíso del abyecto. Y ahí, yacía entre la pútrida humedad su cuerpo lacerado de codicia por manos frenéticas; el terror de su rostro, intacto. El amante a su lado, renegando de la existencia inútil, de la fugacidad de la vida. Aquel cuerpo moribundo gemía pidiendo el último auxilio entre sus brazos, en la impotencia sobrecogedora y embriagante le veía presa de la decadencia, de la podredumbre humana, del asco colectivo. Se inclinaba entonces aquella piltrafa de hombre para dar el último beso. Los labios ensangrentados ofrecían dionisiaco banquete, el último hálito de vida que él ansiaba poseer para sí como postrero recuerdo. Entonces la sangre carmesí, que comenzaba a tornarse bruna, excitó su ansiedad y el sabor a sal cocía sus entrañas en el más insensato deseo. Aquel cuerpo laxo tendido en grotesca proporción le pareció una visión divina. Perfección atemporal, la ligera calidez post-mortem, un inocente hilito de sangre.

 

Estrujó el guiñapo humano con todas sus fuerzas, quiso escuchar como los huesos se desarticulaban en armonía, en deliciosa sinfonía. Sus manos virulentas desgarraban la carne aún tierna, avasallaban en corrosivo deseo… y su cuerpo reaccionaba con impresionante turgencia entre sus piernas. Con cuidado y en la cómplice oscuridad descubrió el cuerpo, cuyas prendas ensangrentadas habían ya teñido la piel circundante de dulces y rosáceas manchas. Paseó con voracidad por sus pechos inertes y aún suaves, reptando por la piel fría que amenazaba con tornarse azulosa, llegando al fin al pubis juvenil cuya gloria prematuramente marchita se disponía ante él. Devanó en deseo aquel cuerpo muerto, sin reparo exploraba sus profundidades, en desquiciada furia. La penetró por fin con exquisita esquizofrenia, en un vaivén ofensivo e imparable, devastando los restos y calcinando las gélidas entrañas, escuchando los huesos crujir con ineludible placer.

El éxtasis del cínico momento, el clímax en una corrupta laguna blanquecina que trazaba las pinceladas finales en aquella desfachatada escena de obscena belleza. Rendido, se desprendió de su cómplice y miró con regocijo su impasible expresión horrorizada.

La nada.

Aeternum vale

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