Feliz, Feliz con mi cajita


Por Claudia Glez Cortés

Un día soñé con un campo adornado por flores

Las vacas originales rumian el pasto de primavera, mientras el maíz no descansaba en sus esófagos.

Sí, esas rarezas blanquinegras en el horizonte sabanero.

Los puercos, se creen graciosos, en realidad son chismosos, proveedores de novedades, indiferentes a la cuchilla de otoño. Tienen la mirada más cínica que he visto, pareciese que ocultan la conspiración más deleznable del mundo porcino. Que a final de cuentas, esta manera de pensar, glorifica nuestras chuletas.

Los pollos eran los más afortunados, maduraban en tres meses, veían la luz, no estaban hacinados en barracas, comían agradecidamente las proteínas de la tierra, tampoco tenían maíz en sus estómagos.

Las flores de mi sueño llamaban a los danzantes de cada año, venían de todos lados. Ellas siempre eternas y calladas, visitaban la obscuridad con tal elegancia.

Ellas siempre han sido mis maestras, enamoran al estar vivas como al estar muertas.

Todos en el campo aportaban una parte de sí, nosotros los parásitos de las vacas, rara vez éramos parasitados.

Lo lamentable, es que una vez más fuimos cínicos con nuestra propia historia, le sonreímos a nuestra desgracia morbosamente. Reinventamos el holocausto, lo trajimos a nuestra mesa, a nuestra boca, a nuestro estómago, a nuestro colón…

Ya no hay comida, sólo productos. Llora, llora y seguirá llorando, preferimos prostituir el cuerpo por comidas de 10 pesos. Y tal vez si bien nos va, podremos comprar felicidad en una cajita.

 Un día lo soñé y desde aquél día, no he parado de soñarlo.

Para mayor información: se recomienda ver el documental FOOD INC.

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