Recordatorio

Por Valeria Castel

Muy señor mío:

Habré de suplicarle – no sin cierta urgencia – que se deje de estupideces. Los dos sabemos que la candidez es un disfraz que le queda bastante apretado a las canas de sus sienes, cosa que de sobra sabrá usted sin necesidad de reiteración. Parece pues que la vida ha tratado mi correoso cuerpo mejor que al suyo, estimado amigo.

Estoy casi seguro que usted ya se ha servido habituarse a mi obsesión por el detalle. ¿Recuerda el horroroso sedán en que B paseaba con Ellie todos los jueves por la noche sin excepción? ¿El mismo que llevaba esas pavorosas llantas con parches desde el 88’? Por groseras que a la vista resultaran las herraduras del oxidado corcel, no parecieron tener reparo alguno en arrollar al pequeño Manchas. Y luego al fastidioso mocoso que los B tenían por vástago. Y luego a Ellie, claro. Llámeme sentimental, pero debo admitir que siempre le había tenido un cínico y vergonzoso amor al vehículo. Simplemente porque B lo odiaba. A los dos nos recordaba su mísera existencia de microbio. Con mierda de paloma haciendo las veces de un fortuito ‘action painting’, con las quemaduras de cigarrillo de las vestiduras (cortesía de su servidor) y las manijas rotas por dentro.

Creo firmemente que le hice un favor. Caray, y mi madre que decía que yo era el Caín de la historia. Paparruchas.

Lo mío es hacer el bien mirando a quién y ni un agradecimiento. Vaya que el mundo se está yendo al carajo. Pero a lo que nos compete. Le exhorto, mi otoñal amigo, a que deje de buscar. Francamente, pierde su tiempo – tiempo que podría invertir en devorar el muslo de algún infortunado plumífero dispuesto sobre la mesa por su grácil Lulú. Ah… me ha arrancado un sentido suspiro. Qué bien luce con ese vestido verde que usa el tercer domingo de cada mes.

Si me permite procurarle un consejo, he de decir horando nuestra infundada amistad que la cuide. ¿Sabe usted? Habemos tantos trastornados ahí afuera… en las banquetas, oficiando misa, escogiendo los aguacates de señoras como Lulú. En fin, lo culpo a usted por hacerme caer en tan abundantes digresiones. Le invito nuevamente a que deje de perder su tiempo conmigo. No vaya a ser que me ponga nervioso y entonces sí nos veamos en un dilema… sólo decía.

Le dejo ahora, mientras se pregunta vehementemente qué pasará tras esta misiva. Esa es la mejor parte: también yo lo desconozco.

Relájese y deje que se desborde la flácida barriga de hombre casado que ahora se contrae y expande al ritmo de su dificultosa respiración. Le dejo disfrutar de las cavilaciones, pues. No puede negar que le procuro de entretenimiento gratuito y de alta calidad. Pocos pueden presumir de lo mismo.

Déjese de adivinanzas, que ha dejado usted de ser un párvulo hace ya un tiempo considerable.

Ah, y por Dios santo que implacable me juzga (nunca fui uno de sus favoritos), deseche esa corbata café. Totalmente demodé.

Un caluroso saludo de su orgullosamente disfuncional amigo.

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