2.43


Por Valeria Castel

Allí está ella. Silenciosa, cruza la pierna, esa maravillosa pierna enfundada en una tela fina, medias de red negras que parecieran haber sido confeccionadas por el mismo Demonio. Cualquiera sospecharía por sus labios rebosantes de veneno carmesí que es una puta. No lo sé con precisión, quizá sí lo sea. Pero en este instante, en el hediondo bar, ella es para mí una visión onírica. La miro de nuevo, evidentemente hambriento de su presencia, luciendo como un imbécil desesperado por un par de muslos alrededor de su cintura y diez uñas cristalinas clavándose en su carne.

 

Ella no me advierte.

 

Enciende un cigarrillo y ambos volteamos con estúpida sincronía hacia el televisor inaudible que proyecta un encuentro de béisbol,  alrededor del cual varios burócratas gritan, enloquecidos como simios por alguna jugada que desconozco. En realidad, nunca me han gustado los deportes. Mis ojos la dibujan de nuevo. Sus hombros perfectos están bañados en luz artificial, pareciera una envoltura de celofán. El bartender se le ha acercado con aire predador, seguramente ofreciéndole algo más de beber. Sus labios se mueven, se entreabren con suavidad, y yo me siento envidioso de que aquél subempleado haya tenido la fortuna de cruzar un par de palabras con ella, escudado en su servicial ademán. Mientras la contemplo a unos puestos de distancia, pienso en demasiadas cosas, saturándome de imágenes incomprensibles, como acostumbro: quizá pueda reunir fuerza para acercarme después de un par de güisquis más, quizá pueda darle el polvo de su vida y escribir el mejor libro que la humanidad haya visto, quizá me deje descansar mi cabeza en sus muslos y yo pueda morir ahí, después nadie recordará al lastimero tío del bar que una noche sofocante de verano logró irse con esa femme fatale.

 

El bartender le ha alargado la mano para entregarle otra copa rosácea, quizá un martini. Vaya que no me he equivocado al atribuirle el aire sofisticado con que consume el contenido del cristal, ensimismada. Sólo sé que ha aparecido de pronto, enunciar es existir, quizá como un personaje de mis novelas que despierta en mí la más grande frustración porque parece haber adquirido voluntad propia. Se ha vuelto a acomodar en el banquillo y dentro de mí ha crecido la furiosa e inexplicable impotencia de perderla. Pendo de un hilo, intentando no reparar en lo patético que debo lucir: tras unos minutos, ella, sin nombre aún, se ha convertido en mi léif mótif. Busco desesperado en los bolsillos de mi saco café un papel, un lienzo dónde descargar las imágenes que mi pluma retiene, ansioso de plasmar cualquier cosa que esto sea, aquello que me hormiguea en los dedos y no me deja tranquilo.

 

Ha cruzado la pierna de nuevo, y mi alma descansa por un momento más.

 

Uno de sus altos tacos aguja ha golpeado por descuido la madera de la barra, y el sonido me ha parecido ensordecedor, las vibraciones me estremecen hasta el punto del cansancio.

 

Exhausto, descubro que me he embriagado de ella. Mis ojos arden en sus cuencas, mi lengua es ahora un rollo de pesado terciopelo que hierve en ansias de lamer sus orejas con palabras defragmentadas y absurdas.

 

Imito su proceder y enciendo un cigarrillo con mi metálica e inseparable antorcha portátil. El encuentro de béisbol ha terminado, y pareciera que se me han ido cuatro vidas enteras en contemplarla.

 

Esa puta. ¿Estaría dispuesta a marcharse conmigo por unos duros? ¿Querría rodear mi cabeza con sus muslos y desaparecer sin dejar rastro a la mañana siguiente?

 

La historia de mi vida, señoras y señores, niños y niñas de todas las edades.

 

Un sujeto con acento sudamericano, ataviando con un horrible traje de manta cruda, me ha sustraído súbitamente de mi festín voyeurista, pidiéndome que encienda su cigarrillo. Disgustado, respondo a su artificial sonrisa regalándole un poco de fuego, descubriendo segundos después que mi libro de Henry Miller ha quedado cubierto de cenizas. Sacudiéndolo, la observo de nuevo. Esta vez va a levantarse del banco, tirándome una afrenta directa con envidiable sutileza. Vacila, sacude su negra cabellera millonaria de rizos, ajusta descaradamente el pronunciado escote de su breve vestido negro.

 

Hago fuerza de flaqueza, bajo súbitamente de mi banco y sin advertirlo abandono a Miller sobre la barra húmeda: voy a acercarme.

 

Dos frágiles y ridículas varitas de paja me sostienen, amenazando con quebrarse en cualquier instante. Pero eso no importa ya. En un par de segundos, he podido tomar su brazo con todo el ímpetu que me ha sido posible.

 

Tocarla sin que se desmorone ante mis ojos ha sido el cielo.

 

Mi sentido común – bastante escaso a últimas fechas – me ha ordenado decirle algo, intentar apagar la incertidumbre que enciende sus enormes ojos castaños rematados por negras pestañas, ligeras como plumas pese a las numerosas capas de rímel que las recubren.

 

–          Disculpa…

–          ¿Sí?

 

(Pausa ensayada)

 

–          ¿Podrías darme tu hora?

–          2.43

–          Gracias.

 

Ella se ha marchado, como todo aquello que he tenido en la vida, como toda hermosa imagen que frente a mí ha cruzado para ser enterrada bajo las colillas de mis cigarrillos tras un breve tiempo. Ella se ha marchado y yo me he quedado solo de nuevo, como estoy destinado a permanecer:

 

Haberlo elegido, cargar con una horrible maldición… es lo mismo.

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