Rouge infame

Por Valeria Castel

 

La migala discurre libremente por la casa,

pero mi capacidad de horror no disminuye.

Juan José Arreola

 

Es este – paradójicamente – hermoso dolor el que me hace sentir viva. Un golpetear seco en mi vientre,  la mancha escarlata que delata la inexistencia de vida dentro de mí: la última prueba de que te has ido y no volverás. De que detrás de este rumor que baja desde mis caderas hasta mis rodillas no existes más. La delación me hacía vacilar, ¿recuerdas? La inquietud de quebrantar todo orden lógico, suponiendo que tú y yo pudiésemos converger en un estúpido entramado de carne, uñas, nervios y sangre. El estrépito de una presencia que no viene sola. Un proceso ineludible y rutinario que se repite mes con mes, y justo hoy, me llena de pretensiones demasiado grandes para tragar.

 

Encima, pasé una noche terrible. Parecías dispuesto a desgarrarme, gritando tras una película carmesí, los pies estoicamente resistentes al frío, los cabellos enmarañados. Comprendí entonces que todo esto se había salido de mi control, traduciéndose en pequeños estallidos que prometían prolongar su estancia, amén del remolino de imbecilidad en que mi cuerpo – con más frecuencia mi amigo que mi enemigo – me envolvía. Me sentí ridícula al encontrarme a merced de tu recuerdo, las piernas eran ahora finas mechas y mi mano derecha se había convertido  en un laxo apéndice: se me negaba la cobarde defensa de mi pluma. Sin más, sólo pude apoyarme en aquella cómoda sobre la cual solíamos coger (hermosa herencia…), en el más patético intento de paliar el dolor que me erizaba el vello, convirtiéndolo en pequeños ganchos metálicos como una ráfaga que me sobrepasaba, dejándome impotente. Ciega de rabia, sentí ese hilo ardiente correr en mis muslos. La lava reciclada de glorias pasadas produjo un ruidito apenas perceptible al caer unas cuantas gotitas encendidas a la duela. Habría incendiado el lugar de serme posible.

 

Al parecer, soy cliente frecuente de las separaciones ineludibles.

 

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